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LANCES EN BERREA

VÍDEO: impresionante lance con arco a 5 metros a un venado en berrea

La caza con arco es una de las modalidades más difíciles de la cinegética y aquellos que lo prueban, se enganchan para siempre. Lances como este, en berrea, con arco y a menos de 5 metros nos dan una idea de por qué.
Imagen del lance, segundos antes del disparo Imagen del lance, segundos antes del disparo

La época de la berrea es uno de los momentos más especiales del monte a lo largo del año. El festival de bramidos, peleas, carreras y amoríos, es un espectáculo mágico y especial, una época soñada por muchos cazadores, en la que sencillamente escuchando a los venados reclamar su trozo de monte y las hembras que buenamente puedan defender, se ponen los pelos de gallina y se estremece el cuerpo

 

La caza durante la berrea es una cuestión casi ceremoniosa. Los amaneceres y los atardeceres, cuando las pasiones están en su máxima intensidad, se convierten en las horas favoritas del día para los nosotros. Apostados en algún lugar o recechando con el aire de cara, la berrea es un momento único en nuestros montes que es capaz de sobrecoger incluso a quienes más serenidad tienen habitualmente.

 

Hace un par de años, decidí que sería la primera vez que lo intentaría con el arco en berrea. Llevaba un tiempo tirando con él, había cazado ya unas cuantas piezas de mayor y algunas de menor -empecé rechechando los conejos con arco, creedme si os digo que me llevó su tiempo, que no es fácil-, pero sentía la necesidad de intentarlo, aunque no las tenía todas conmigo de que fuese a resultar exitosa la cacería. 

 

La caza con arco, es otra de las cosas de la cinegética que va cargada de bastante romanticismo. Supone todo un reto para cualquier cazador, ya que con el arco imperan otras normas a la hora de echarse al monte. Se podría decir que este tipo de caza, es un sentimiento casi primitivo, un instinto ancestral que habita en nosotros y sale del letargo la primera vez que se empuña un arco. 

 

Es el espíritu de búsqueda y conquista constante, que por lo general tienen los cazadores, lo que nos ha llevado a muchos a retornar por estas sendas de caza tan primarias y a la vez sofisticadas. Aquella mañana me vestí de camuflaje, me pinté la cara con unas ceras verdes y marrones y salimos envueltos por una oscuridad total previa a las primeras luces azules que anuncian el nuevo día. 

 

La mañana estaba fresca, aquella umbría guardaba la humedad del rocío y las reses, que andaban locas con sus romances por las rañas, tardaban más en subirse al monte que en las solanas. Decidimos cazar a media sierra, por evitar echar un aire que nos la jugó en varias ocasiones y nos hizo llevarnos algún que otro ladrido delatador de algunas ciervas. 

 

Era uno de sos días en los que el aire cambia cada cinco minutos llevándote al borde de la desesperación cada dos por tres. Salían carreras de reses que ni había localizado, ladraban algunas ciervas más y yo, teniendo claro que ya era mejor rendirse, me di la vuelta y emprendí el camino a casa bastante frustrada. 

 

En uno de los barrancos que formaban los arroyos que perfilaban la sierra, donde el monte se cortaba ya bajo mis pies y comenzaba un alcornocal sin nada de monte bajo con el que cubrirse, frené en seco cuando aquel ejemplar berreó de frente a unos 50 metros tapado aún por los árboles. Milagrosamente, tenía el aire bien por una vez

 

Inmediatamente caí de rodillas para hacer mi silueta menos visible y abrí el arco. Aquel macho no me vio, tampoco la cierva que lo acompañaba, pero me habían localizado perfectamente por que hasta su berrido, yo iba ya poco más que como “elefante por cacharrería”, ya que lo había dado por perdido. Ciego de hormonas, me recibió como si de un contrincante se tratara, con aquel gran tumor que abultaba en su garganta. Era ese, tenía que ser ese. 

 

Berreando cada tres pasos, comenzó a venirse directo hacia mí, dispuesto a defender a su cierva de aquel impostor que se había colado en sus dominios. Los brazos me quemaban, pero no podía cerrar el arco por que me vería seguro y no me daría tiempo a abrirlo de nuevo. Los árboles le tapaban lo suficiente como para no poder hacer un tiro limpio y yo, temblaba cada vez más. 

 

Cuando prácticamente iba a pisarme, solté el disparador. La flecha entro por el pecho y le llegó directa al sitio. Tiro de pulmones y corazón. Me puse de pie y vi como a menos de 30 metros, caía fulminado y entonces, caí yo también. Las rodillas se me doblaron y los ojos se me llenaron de lágrimas de emoción, mientras temblaba como un flan por todo el cuerpo entero. 

 

No fue el primer lance que tuve con arco, pero por seguro, es el lance más especial de toda mi vida cinegética

 

(Texto: Lucía Rubio Martos)