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El placer de la acción como herramienta en el adiestramiento

La disponibilidad para la acción de caza corresponde a la medida de la frecuencia, intensidad, constancia y la continuidad con la que la conducta predadora se manifiesta en el perro. Cuando aparece y se mantiene esa conducta, hablamos de motivación.
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Por “motivación a la depredación” se entiende en etología, una activación de la pulsiones que estimulan al animal a la búsqueda y captura de la presa, y que en el predador salvaje se calman cuando el acto consumatorio ha sido ejecutado (apresamiento-deglución).

La acción de caza depende de una actividad instructiva regulada por un circuito nervioso programado hereditariamente (innato). Es el mecanismo fisiológico-emocional que desencadena el estado de alerta al que sigue el movimiento hacia el estímulo, la presa. Pero esta acción no está sujeta únicamente a factores internos (endógenos), sino también a estímulos y experiencias externas. Estos últimos factores pueden y deben ser manejados por el adiestrador, ya que serán el combustible de los primeros. Sin los unos, el efecto de los otros será siempre limitado.

7 Medidas de refuerzo de la acción de caza

-1. No restringir o coartar en etapas tempranas de desarrollo del cachorro aquellas conductas innatas que evidencian el potencial cazador, aunque algunos comportamientos más adelante sean indeseados. Me refiero a las iniciales persecuciones a los pajarillos, o las naturales tendencias exploratorias (alejarse en el campo) o a apretar nerviosamente las primeras piezas en la boca durante el cobro. Dichas conductas habrán de ser respetadas en los inicios como algo inherente al perro de casta.

-2 El perro es el perfecto hedonista, es decir, su conducta básica está basada fundamentalmente por la búsqueda del placer y la evitación del dolor. Los principios del adiestramiento basados en el conductismo y en las teorías de condicionamiento se sustentan en la idea de que los motivos para la acción del animal son la eterna búsqueda del placer y la huida del sufrimiento. Asumiendo este enfoque, el adiestrador debe ser un perfecto “administrador” de premios y castigos, manejando las situaciones de aprendizaje de modo que los primeros prevalezcan sobre los segundos y que cada sesión práctica finalice con positividad, ofreciendo incentivos de compensación. Reforzar en positivo es activar la acción.

-3. Los reforzadores positivos más eficaces y utilizados en el entrenamiento son aquellos orientados a satisfacer las necesidades primarias: alimentación, bebida, acceso al compañero afectivo. En estos campos, y si el adiestrador cuenta con un perro instintivo, la alimentación no se reduce exclusivamente a la oferta de comida, sino a la expectativa de caza y el acceso al compañero no se refiere al consorte reproductor, sino al propio dueño o líder humano al que se ha vinculado a las caricias y halagos que de él recibe y simplemente al tiempo compartido. A estos reforzadores primarios se añaden los secundarios, como las estimulaciones que vienen a compensar la privación sensorial que supone la perrera.

Así, el simple acceso al movimiento espontáneo supone una auto-estimulación muy positiva. El entrenamiento basado en el respeto a la iniciativa del animal, sin coerción excesiva, es altamente motivador. Cualquier estímulo asociado a situaciones en que los reforzamientos positivos primarios tengan lugar puede llegar a tener un importante valor de motivación como estímulo secundario paralelo: Coche = campo; correa = paseo; pelota = juego... Siguiendo este proceso, llegamos a sistemas de adiestramiento en positivo como es el del conocido “clicker”, donde al estímulo reforzador primario (la comida) se condiciona al secundario paralelo (el sonido “clic”). De forma más rudimentaria pero eficaz, el adiestrador puede asociar al alimento la palabra “¡bien!”. O al tono que acompaña a “¡muy bien!”.

-4. La pieza es el más potente reforzador de la conducta de caza. No hay pulsión genética tan fuerte como para mantener indefinidamente una acción de búsqueda apasionada sin que la meta (presa) sea conseguida con regularidad. Si bien existen mecanismos endógenos (endorfinas y dopaminas) que protegen en cierta medida al predador de la frustración ante las acciones en vacío, el adiestrador debe asegurar un mínimo de experiencias consumadas (caza abatida) repartidas en el tiempo con regularidad.

Un buen can no necesita conseguir una docena de perdices semanales para mantenerse activado, pero sí el contacto continuado con las mismas en el campo y al menos una docena de patirrojas embocadas en caliente por temporada a las que pudieran sumarse alguna más de granja de calidad y bien presentadas. De hecho, en estudios de laboratorio se ha demostrado que tiene mayor probabilidad de repetirse o reforzarse una acción cuando el reforzador se presenta de forma periódica e impredecible que cuando el refuerzo es continuo. Por eso mismo, los perros que bregan con caza salvaje muestran mayor pasión y fervor que aquellos entrenados con caza de granja donde la recompensa en forma de pseudopieza siempre llega en abundancia. Está demostrado: no hay nada más motivador para el can que la caza montaraz.

-5. El paralelismo psicofísico es un fenómeno ampliamente demostrado donde existe una interacción entre lo emocional y lo fisiológico en el animal. Es por ello que un perro sometido a estrés continuado terminará por somatizar y enfermar de un modo u otro, y en el sentido inverso un perro en mal estado físico acabará por padecer patologías psíquicas. Será pues imprescindible cubrir todas las necesidades clínicas y de entrenamiento físico del animal para mantenerlo en óptimo estado de forma, lo que le permitirá alcanzar sin sufrimiento las exigencias físicas de la acción de caza y del aprendizaje. La misma atención merecerá el estado anímico del perro atendiendo a sus demandas emocionales.

-6. El hambre es el factor motivante de la predación en los animales salvajes y el que vincula al predador con la presa y activa el conjunto de conductas específicas de busca, detección, captura y consumo que por selección natural se han arraigado en el código genético de los cánidos. Pero la selección artificial y dirigida por el hombre hacia intereses propios ha potenciado ciertas conductas predadoras (búsqueda y muestra) y eliminado o atenuado otros como la de consumo de la pieza. Por lo tanto, y en contra de lo que muchos creen, es absurdo mantener al perro un día o dos en ayunas antes de cazar con la intención de incrementar sus ansias. Al perro le basta con la captura y no detiene su acción ante el primer lance consumado.

-7. El placer es la fuente necesaria de la actividad: la experiencia de la satisfacción pone fin a la excitación. Es un proceso psíquico primario que garantiza la supervivencia de las especies y que tiene en la caza un exponente vital de primer orden. Las nociones objetivas de recompensa, refuerzo y de estímulo apetitivo y aversivo conforman el concepto subjetivo de placer. La actividad de caza afecta a la sensibilidad sensorial (olores, imágenes, etc.) y a la sensibilidad emocional (apasionamiento, sublimación, consumación, etc.).

Para el perro no sólo la posesión de la pieza, sino su imagen (expectativa) produce una sensación de agrado irreprimible. Asimismo, la caza no es sólo la presa sino el camino hacia ella con todo lo que de placentero depara al perro: el espacio inabarcable, la libertad, el contacto con los elementos, la complicidad con el amo... Todo ello es origen de una excitación que reclama satisfacción.

(Texto: Ricardo Vicente Corredera. Fotos: Maite Moreno)