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Los problemas de una instrucción precipitada y de un orgullo malsano

Con los perros, mejor sin prisas

Cuando las prisas guían nuestros actos los tropiezos se suceden. Es práctica extendida la instrucción precipitada, azuzada por la necesidad de ver resultados inmediatos. Y el mundo del perro de caza no es una excepción.
Perros_Prisas_G Joven braco alemán.
Al igual que son muchos los padres que hoy en día buscan quemar etapas en el desarrollo natural de sus hijos, exigiéndoles la demostración prematura de talentos varios que satisfagan su ego paterno, el dueño de un cachorro prometedor desea cuanto antes ver materializada su genialidad latente. Es lo que yo llamo el “síndrome del amoego”. Todos los síndromes constan de un conjunto de síntomas, que en el caso que nos ocupa son realmente típicos y por todos conocidos:
  • Anteponer sus inquietudes a las del animal.
  • Necesidad permanente de destacar.
  • Necesidad de alimentar su ego con alabanzas de terceros.
  • El perro actúa de vehículo de la autoconfirmación y la autoestima que por sí mismo no alcanza el dueño.
  • Establecimiento continuo de comparativa con otros perros.
  • Expectativas irreales sobre el verdadero potencial y las aptitudes del can.
  • Planteamiento de objetivos confusos en el adiestramiento (caza-competición…).
  • El entusiasmo inicial por el nuevo perro da paso rápidamente a la desilusión ante la primera muestra de precariedad del perro en cualquiera de los apartados del trabajo.
  • Difícilmente un perro se hace viejo en sus manos. Reemplaza a sus canes precipitadamente, por lo que nunca llega a cuajar ninguno bueno.
  • Impulsividad a la hora de elegir auxiliar, decantándose por diferentes razas llevado por motivos ajenos al terreno o la modalidad de trabajo. La moda o el resultado de las competiciones marcan sus decisiones.
  • Anhelo del perro del prójimo. El dueño insatisfecho desea calladamente la propiedad de otros animales que en un hecho puntual le han fascinado.
  • El sueño de poseer al perro perfecto le lleva a desembolsar irreflexivamente cantidades innecesarias en su búsqueda, lo que incrementa su frustración cuando reiteradamente fracasa (el perro perfecto simplemente no existe).
  • Tendencia a la mentira. Adorno de las hazañas de su can en la caza. Muestras kilométricas y cobros magistrales se suceden en sus narraciones cinegéticas y tertulias. Búsqueda de la autofascinación; sólo se cree él mismo.
  • Tendencia a culpabilizar a terceros de las carencias del perro, en especial cuando, llevado por una visión sobredimensionada de las aptitudes naturales del animal, se empecina en adentrarlo en la competición. Entonces el adiestrador o conductor son señalados como incompetentes.
  • Hacen oídos sordos de los consejos y el asesoramiento de fuentes acreditadas y más experimentadas. Falta de aceptación de la crítica hacia su perro, aunque aquélla sea constructiva.
  • Aplicación de una educación excesivamente coercitiva, rigurosa e inconstante al dejarse llevar por la ira puntual ante los progresos del perrillo que, siguiendo su ritmo natural, se le antojan lentos. Entra así en un círculo vicioso difícil de romper: a mayor castigo, menor progreso, y ante el progreso lento sobreviene de nuevo el castigo.
  • Incapacidad para esperar a que el desarrollo natural del cachorro facilite la aparición espontánea de sus instintos (muestra, cobro, búsqueda…) en la etapa adecuada de su ontogenia. Por ello, utiliza medios artificiosos desmedidamente (piezas de granja, collar electrónico, etc.).

Todo aficionado al perro de caza se mueve en un mundo realmente pasional y emocional. De ahí su belleza, pero también su problemática. Existe y debe existir un orgullo de dueño cazador hacia su perro, pero en ocasiones deberíamos hacer autoanálisis y dejarnos de ese orgullo malsano y malentendido, tan destructivo para el animal en primer término y para el gremio más tarde.

El perro, cada perro, debe ser valorado en justicia por sus verdaderas aptitudes y actitudes. Sólo así, positivizando y desde una actitud flexible y sosegada, llegaremos a hacer de un perro regular un buen perro y no en sentido inverso, como ocurre invariablemente con el pobre can del amo egocéntrico.

(Texto: R. V. Corredera / Fotos: Archivo)