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Dos pilares sobre los que se fundamenta el adiestramiento

Perros de caza: aptitud + actitud

Aptitud y actitud son dos palabras que empiezan por la primera letra de nuestro abecedario, dos conceptos que principian y sustentan como dos pilares un todo que es el adiestramiento canino en general y del perro de caza en particular.
Reportaje_Corredera_G Setter inglés, pointer y drahthaar protagonizando un bello patrón sobre la nieve.
Jamás llegaremos a alcanzar unos objetivos aceptables sin unas aptitudes de base de partida. Me refiero a un potencial no sólo del perro, sino también del adiestrador. No todo perro reúne las aptitudes necesarias para aprender al nivel requerido ni todo aficionado las tiene para enseñarle.

Por su parte, el perro debe atesorar una genética que le otorgue tanto un físico notable como unas capacidades innatas suficientes en lo que a instintos venatorios cognitivos y temperamentales se refiere. Estamos de acuerdo en que no existe el perro que reúna en sí todas las cualidades deseables; quien busca un perro sin defectos jamás tendrá uno bueno. El perro perfecto es ese fantasma del que todos hablan pero nadie ha visto.

Por lo que respecta al adiestrador, además de unas condiciones físicas aceptables, ha de poseer unas aptitudes inherentes a su personalidad. Para empezar, una capacidad de análisis que le permita definir el perfil temperamental del animal, entendiendo así la individualidad sobre la que debe adecuar el manejo del perro y la planificación del trabajo. Hay grandes diferencias en cuanto al carácter del perro, su grado de sensibilidad, nivel de dominancia y sumisión, concentración, agresividad, nerviosismo y demás tratos del temperamento. Este temperamento heredado, sumado al efecto de las experiencias que procuremos al can, dará como resultado el carácter que condicionará su conducta futura ante el adiestrador y el entrenamiento. Por otro lado, el adiestrador moderno no puede quedarse en el riguroso método cerrado y tradicional traspasado intuitivamente por un ‘maestro artesano’ adiestrador. Su labor debe estar avalada por unos conocimientos tanto teóricos como técnicos. Debe ser un estudioso de las bases psicológicas y etológicas del comportamiento animal. Ha de indagar en las cuestiones de la conducta y buscar las respuestas a los ‘¿por qué?’ en las ciencias de base. Así mismo, ha de ‘licenciarse’ en una pedagogía adaptada, porque, ¿qué es sino un pedagogo canino quien enseña a un perro?
Una vocación por esta actividad es imprescindible a fin de superar las exigencias que plantea y las frustraciones de las metas inalcanzadas. El adiestrador ha de sentir pasión por el perro y por el trabajo codo con codo con él, compartiendo lo mismo barro que polvo, calima que aguacero.

Después de la aptitud, la actitud

¡No olvides nunca que el perro es el mejor amigo que puedes tener; a pesar de conocerte a fondo, sigue a tu lado! Una vez hecha esta reflexión, tengamos presente que los intereses del perro y del adiestrador, en cuanto al aprendizaje, están muy alejados. Acercarlos es la primera tarea del educador.

Adiestrar a un perro que no quiere aprender es tan estéril como semillar en una duna. Por lo tanto, debemos hacer el adiestramiento una tarea atractiva para ambos, con experiencias constructivas y actividades atractivas y variadas. Motivar es despertar el interés por la acción, siendo a través de la acción bien pautada como el perro comienza a aprender. La motivación no sólo ha de activarse, sino que lo realmente difícil es mantenerla viva. Esto se consigue con el alcance diario de pequeños logros y no con el anhelo de grandes metas inmediatas. Es para ello necesario el uso de refuerzos positivos, la dosificación del trabajo y la acción en un entorno natural como agentes motivadores. Recuerda, el adiestramiento funciona sólo cuando admiras al alumno, cuando entiendes que adiestrar no es mandar, sino primero comprender al perro; que no es enfrentarse a él, sino enfrentar juntos el horizonte del campo.

Cuando adiestramos solemos dar al perro lo peor de nosotros, cuando debiera ser justo lo contrario. Hemos de trabajar con ánimo paciente para alcanzar objetivos a largo plazo, flexible para adecuar a cada perro, firme para mantener el respeto mutuo, con actitud tolerante para aceptar las limitadas capacidades que el perro tiene ante el aprendizaje por su condición de animal y, por último, con un sentido de la justicia que nos guíe a la hora de distribuir premios y castigos. Tenemos que mantenernos con actitud comunicativa constante con él y aceptar que, ante cada perro nuevo, todos somos ignorantes, pero algunos tenemos la humildad que otorga la duda, de preguntar al perro y reflexionar antes de actuar.

Todas estas virtudes no se reciben como un don divino, sino que llegan con la práctica, a través de las relaciones acumuladas con muchos perros, y a aquellas personas con una actitud abierta a desarrollarlas.

(Texto: R. V. Corredera / Fotos: Autor y Maite Moreno)