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Puesta la mira en la media veda con una raza codornicera como pocas

Drahthaar tras las codornices

La media veda está a la vuelta de la esquina, y con ella las salidas en pos de las codornices, por eso, aquí y ahora, reproducimos las consideraciones de un aficionado sobre la caza de la avecilla africana con un perro de muestra superlativo, el drahthaar.
Reportaje_Drahthaar_G Drahthaar en muestra durante una salida a codornices en media veda.

“No sobrevive el más fuerte, ni el más inteligente, sino el que mejor se adapta”. La frase, de Darwing, me vino a la memoria andando a codornices en la estepa del Alto Maestrazgo, observando el triscar del perro del traje hirsuto como el rastrojo y el rostro barbón como una junquera.

El drahthaar, perro de caza adusto y serio como pocos, se ahorma al terreno que pisa con la naturalidad de un camaleón. Arrostrándose como ninguno la canícula estival y sin arredrarse ante bardales, cardales o pajonales, sabe atemperar la búsqueda de modo que el registro del terreno sea tan exhaustivo y pertinaz como la pequeña africana demanda.

Dice el filósofo que la esencia determina la existencia. La esencia del ‘barbas’ no es el hacer para sí, sino el hacer para el otro, y ese otro es el cazador, su señor. El dueño trasciende a su ser y da sentido a su existencia. Con él se puede revivir la caza honda y profunda de la codorniz tradicional. Para solaz de la escopeta, el can va pendiente de ella y no ella de él, como sucede con otras razas de alma libre y pies siempre por delante del coco.

Al salto sobre las rastrojeras uno se encuentra con dos tipos antagónicos de relación entre los cazadores y los perros que allí se afanan: la confrontación con el otro o la compenetración con el otro. Muchos más del primer grupo que del segundo. Con el auxiliar germano, a poco que cumplamos nuestra parte de un sencillo contrato de horas compartidas, nos garantizaremos la pertenencia al gremio de la compenetración, la complicidad y la conexión natural sin estridencias.

Cuando conectar con el can resulta un vano intento, el de la escopeta se dedica a ejecutar las cuatro codornicillas que la fatalidad enredó entre sus erráticas botas. Pero el cazador profundo no ejecuta, ¡caza! Y le sabe mal arrear una perdigonada al ave sin mediar el noble enfrentamiento previo con el perro. Pero este apartado esencial del lance se hace difícil -especialmente a codornices- con perros que arrancan en el cazadero con el ansia del que piensa que será el último día. El drahthaar, animal con tanta cabeza como corazón, parece consciente de que habrá muchos otros. Con esa actitud natural es habitual tirar a perro puesto la gran mayoría de las africanas.

Cada año es más frecuente oír: “¡no hay codornices!”, cuando lo que falta, casi siempre, son perros codorniceros. También se ha discutido mucho sobre cuál es la raza codornicera por excelencia. Puedo aseverar que el drahthaar es una de ellas. Y lo hago tras una media veda sin perder de vista el buen hacer de cuatro ejemplares, los del ‘profesor’ Batiste y el mío propio.

El ‘barbas’ es el genio del estío, el funambulista de la puesta en escena del páramo, un mago de las lindes capaz de sacarse del sombrero una codorniz tras otra allá donde no las hay. Cuando el avezado ‘barbas’ barrunta en el viento ahilado a la gallinácea, la atosigará y, sin necesidad de constricción por parte del dueño, se la pondrá a tiro. Allí prendida, entre pajones, sabiéndose vencida, esperando a que el cazador se decida a dar fin a la bella estampa del circunspecto rabón en muestra para, una vez más, sobresaltarle con oro ¡prrrrrrrrr!

(Texto: R. V. Corredera / Fotos: Luis Rodríguez, Deraza Drahthaar y archivo)