Pasar al contenido principal

Collar de impulsos, ¡acabemos con sus mitos!

Collar eléctrico, electrónico, de impulsos, educativo… ¿son lo mismo? Pues sí. Esta herramienta puede ser educativa o destructiva dependiendo en qué manos caiga. Por eso queremos romper con los mitos sobre su uso para que sea eficaz en el adiestramiento.
collar-electronico-G El collar de impulsos puede se run buena liado en el adiestramiento.

Podemos llamar al collar como queramos pero para simplificar yo me quedaría con la denominación de “educativo” porque, sin duda, puede serlo, y no por tratar de edulcorar sus efectos o su potencial en vatios. Pero para que realmente sea educativo y no destructivo debe conocerse en profundidad y ponerlo en armonía con los procesos del aprendizaje, es decir, hay que dominar ambas cosas. Estás son algunas falacias y tópicos que han arraigado entre los aficionados y usuarios y que evidencian el grado de desconocimientos que campa a su alrededor.

No lo utilizo porque es muy doloroso

Todo deportista profesional, culturista aficionado, fisioterapeuta… utilizan con toda naturalidad la electroestimulación tanto como potenciador muscular o recuperador como por sus beneficios contra el dolor a través de los neurotransmisores. Incluso se han puesto de moda ciertos gimnasios que basan los ejercicios en cinturones y prendas electroestimuladoras. Este panorama demuestra que todo depende de la intensidad. Incluso también es constatable que hay margen de aceptación individual y que existe un proceso de adaptación mediante el cual el usuario va progresivamente aceptando mayor intensidad (yo mismo lo he probado durante un largo periodo de tiempo en mis cuadriceps antes de retomar el ciclismo tras una lesión). A cualquiera que se le pregunte si la experiencia le duele contestará invariablemente que no es dolor, sino molestia. Y, de nuevo, y aquí está la palabra clave, que hasta cierta intensidad es perfectamente soportable. Es más, es hasta este nivel aceptable por el perro donde podemos seguir hablando de educación, simplemente porque ese grado de “sólo molesto”, le permite reflexionar y poner en marcha el aprendizaje asociativo.

La definición médica de dolor es clara: “experiencia sensorial y emocional asociada a un daño tisular”. Este daño no se da en la electroestimulación. De hecho, la electricidad opera de modo diferente sobre el sistema nerviosos central que el dolo, el cual se produce por tres vías: la deformación mecánica (golpe), la temperatura (quemadura) y la química (corrosiva).La estimulación eléctrica es diferente ya que afecta directamente a todo el sistema nervioso pero sin afectarle a bajas intensidades como son las que guarda el potencial de una pila de un collar.

Por otro lado, el potencial al que hago referencia son los voltios y el collar sólo emite amperios, es decir, intensidad. Algo que puede resultar desagradable pero que no duele y que por definición propia es totalmente graduable y controlable. Duele una patada, un tirón de orejas, un jalón a dos manos… no una estimulación de un collar educativo que simplemente es desagradable. Tengamos presente una cuestión contrastada. Las endorfinas ayudan a bloquear las sensaciones desagradables por su efecto sobre las neuronas eferentes inhibitorias mientras que el estrés las potencia, por eso es importante mantener un clima positivo y motivador durante los entrenos con collar electrónico, lo que favorecerá su aceptación y su disposición al aprendizaje. ¡Ojo! Con estas consideraciones no pretendo promover el uso del electrónico, simplemente poner sobre la mesa realidades y adecuar terminología para evitar conclusiones sesgadas. Después su uso será de libre elección.

Los bueno del electrónico es que el perro no asocia el castigo con el dueño

Esta es una idea tan generalizada que pocos se molestan en profundizar en ella y de ese modo encuentran una justificación más para su utilización. Pero el hecho de que el perro reciba el refuerzo negativo o el castigo a través del impulso sin identificar la fuente de emisión, es decir, la mano del dueño, se da, siendo muy realistas, muy pocas veces. El perro es un maestro del aprendizaje asociativo y es muy hábil extrayendo regularidades del entorno, estableciendo secuencias predictivas de sucesos paralelos y conductas de terceros. De este modo cualquier gesto, voz, sonido o actitud del dueño que pueda sumarse a ka conducta a redirigir o erradicar, pronto será computada con precisión detectando sucesos que acontecen juntos. Es lo que pasa cuando el dueño suelta una voz inquisitiva y punitiva al perro justo antes de pulsar el botón. Muy fino, frío y aséptico tendría que ser el adiestrador y muy simple de mente el perro para que, tarde o temprano, no cayese en la cuenta de que las chispas no caen espontáneamente del cielo y no las envía la rabona diabólica en su carrera.

Ya Pavlov (1927) nos habló de la idea simple de contigüidad en la que el animal detecta covariaciones sencillas. Después Rescorla (1980), Dickinson(1980) y Aguado (1989) demostraron la relación de contingencia entre dos hechos cuando la probabilidad de que ocurran juntos es mayor. No siempre que el perro corre tras un corzo el cazador le grita antes de apretar el botón del eléctrico, pero lo más frecuente es que sea así. Pronto el mecanismo asociativo, junto con los procesos constructivos, harán que el dueño sea identificado como el culpable. El cerebro del perro tiene la capacidad de cómputo suficiente para detectar la estructura correlacional del mundo más allá de ciertas cadenas simples de sucesos mediante mecanismos implícitos de aprendizaje asociativo. Lógicamente el animal no es capaz de llegar a la conclusión de que el mecanismo es accionado a través de la activación de un botón… pero sin duda si reconoce en el dueño, tras unas cuantas experiencias confusas, al ente ejecutor.

Si pongo al perro un collar falso o el auténtico sin usarlo durante 15 días antes de comenzar, evitaré que sea asociado por el perro con la estimulación eléctrica

Solamente en rigurosas condiciones de laboratorio es posible que el sujeto sometido a estímulos eléctricos no asocie en algún momento el estímulo aversivo con la herramienta que lo produce. Durante el trabajo de campo es imposible que el perro permanezca ajeno a todos los estímulos asociativos que recibe accidentalmente de parte del dueño. A lo más que un buen adiestrador puede, desde un enfoque realista, aspirar es a mantener la duda en el perro el mayor tiempo posible. La idea tópica inicia es conseguir que el pupilo no sea consciente de que las cosas cambian de cuando porta el collar a cuando no lo hace. Que más vale comportarse cuando la petaca oprime su cuello y que cuando éste está desnudo puede campar a sus anchas sin consecuencias. Como en muchas otras cosas, de la teoría a la práctica hay un trecho y está repleto de nuevo de sucesos de fácil asociación, como los enumerados anteriormente, y otros de manejo del utensilio que hacen que el listo perrote pronto sepa diferenciar entre sesión acollarado o jornada liberado. Algunos perros necesitan días para darse cuenta de que el collar quedó en el cajón de casa y a otros más avispados les basta con unos minutos para comenzar a “estirar la goma” en el campo para ir midiendo sus posibilidades de alcanzar el libre albedrío.

No quiero decir con esto que el collar electrónico termine siendo una inutilidad por este motivo, pero si que, dependiendo en gran medida de tendencias raciales e individuales, el perro discriminará tarde o temprano  las consecuencias de portarlo o no. Por el mismo motivo debemos aceptar que si queremos que el aprendizaje conseguido a través de este utensilio sea permanente, su utilización habrá de ser así mismo permanente, aunque, eso sí, con el tiempo pueda ser un uso puntual, de refuerzo y a modo de reciclaje.

(Texto: Ricardo Vicente Corredera. Fotos: Archivo).