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Para evitarlo, una relación adecuada en las jornadas de caza y en el periodo de veda

Así se estropea un buen perro

Un perro con el que hemos trabajado de forma seria y coherente puede caer en la mediocridad o en un verdadero pozo sin fondo si no sabemos conducirlo bien. Es complicado lograr un perro de gran calidad, pero es rápido y hasta sencillo estropearlo.
Errores_BuenosPerros_G Epagneul bretón junto a las capturas de una mañana a perdices y conejos.

Por ello, dediquemos un rato a repasar problemas que nos afectan a todos y que evitándolos nos llevarán por el mejor camino posible: el de la relación adecuada entre nosotros y nuestro perro en las jornadas de caza y en el periodo de veda.

  1. El olvido es la mejor técnica de estropear un buen perro de caza. Quien piensa que el perro es como un adorno de Navidad, que sólo se saca de su caja para unos cuantos días al año, está muy equivocado o es que no sirve para tener perros a su cargo. Eso sí, luego la exigencia dictamina rápidamente: “este perro no caza”, “se desentiende de mí”, “parece que va a lo suyo”. El perro-robot de caza aún no se ha inventado, y ojalá nunca llegue a nuestros campos, pues de ser así nos quedaríamos cuatro desfasados con el perro de verdad, ése que te mira a los ojos cuando está de muestra, volviendo la cabeza, y te dice sin palabras: “sitúate, que yo la aguanto hasta que me digas”.
  2. Llevo la canana, la escopeta, la documentación, el impermeable por si acaso, la cantimplora y el mando del perro; lo llevo todo. ¿Os suena más o menos este tipo de frase? Partiendo de la base de que el collar de impulsos eléctricos puede llegar a ser una excelente herramienta de adiestramiento en casos muy concretos -al igual que el collar corredizo, la traílla larga o la pistola detonadora-, no es buen aliado en la jornada de caza. Cazar con la escopeta empuñada y el mando bien cerquita, por si tenemos que irle dando ‘toques’ a nuestro perro, es restar concentración e impulso a nuestra dinámica y apostar por condicionar de forma negativa -sí, efectivamente, negativa- a nuestro perro, aunque el resultado visible a simple vista sea que el perro va mejor, más cerca, cazando como ‘debe’.
  3. Un cazador de mal humor y amenazante ya desde el inicio de la jornada es lo peor para un buen perro de caza. Automáticamente éste entiende que ocurre algo, lo siente muy rápido, y entonces, según la mentalidad del perro, se retrae y no caza como suele hacerlo (esto le ocurre muy frecuentemente a los bretones e incluso a muchos podencos), o sale cazando sin conexión con el cazador. Por nuestra parte entendemos que ello es consecuencia de la desobediencia caprichosa del perro, y aunque en más de un caso esto venga propiciado por falta de educación y entrenamiento adecuado, en estas situaciones nos exaltamos y desesperamos, ponemos mala cara y en cada acción del perro sólo vemos una provocación, yéndosele a más de uno la mano. Si hay conexión y empatía con nuestro perro entenderemos rápido que un mal día lo puede tener cualquiera, seamos nosotros o él, y entonces nada mejor que tomarnos la jornada con más calma, con menos exigencias, dándole más importancia a que se nos pase el enojo que a los logros que pudiésemos obtener en otras circunstancias. A cazar se sale centrado y con intención positiva; si no es así, no cazaremos, podremos tirar o no, pero cazar, no cazaremos, y nuestros perros tampoco estarán a lo que deben.
  4. Cada raza debe trabajar con unas pautas y características generales que sirven de patrón para apostar por una u otra en función de nuestras necesidades y pretensiones. Esta generalidad -mucho más realista antes que ahora- se mueve luego entre una tolerancia que se perfila por características concretas de cada ejemplar, por lo que aun sabiendo cómo debe trabajar una raza, hay ejemplares más centrados en ello, que obedecen fielmente a estas pautas, y otros que varían un poco. Esto es lógico y en ello influye también y en gran medida la iniciación y relación del cazador con su perro. Pero pretender que nuestro perro cace como a nosotros nos gustaría sólo nos lleva a presionar de tal forma que terminaremos alterando al perro, desconcertándolo, teniéndolo más pendiente de nuestras reacciones que de las referencias del campo. Es por ello que encontramos un gran número de cazadores que se desprende de sus perros porque no cazan “como deben”.
  5. Obligar a que el perro de caza realice su trabajo casi al alcance de nuestra mano es algo que muchos cazadores entienden como la distancia ideal porque lo que quieren es que el perro no estorbe, aunque no encuentre mucha caza. Prefieren cazar tranquilos y sin voces, que hacerlo con un perro que trabaje con mayor libertad e iniciativa, que es lo deseable y lo que provoca el avance de nivel y la calidad de nuestros perros de caza. En estos casos siempre nos equivocamos de raza, pues hay perros que se adaptan mucho mejor a una distancia más corta y a un ritmo más lento. Detrás de esta situación casi siempre se esconde el mismo problema: no es que el perro ande rápido o cace largo, es que ese cazador no anda o lo hace demasiado lento, y claro, que el perro se adapte a esto parece más fácil a que nosotros avancemos con otra intención más acorde al ritmo verdadero de  la caza. Además, ¡esto es más cansado para nosotros!

(Texto: Miguel Soler / Fotos: José Durán y Archivo)