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Frente a perros de altas capacidades cinegéticas

El adiestrador responsable

Es frecuente oír decir que tener un perro es una responsabilidad, pero si además ese perro es un animal de altas capacidades en el ámbito cinegético, la responsabilidad del dueño se incrementa exponencialmente.
Adietsrador_Responsable_G Adiestrador y perro durante una sesión de entrenamiento en el monte.

Para empezar, existe una obligación moral del amo de no escatimar esfuerzos y de mediar para que ese potencial se desarrolle plenamente y sin limitaciones. Así pues, no se es digno de un perro con grandes aptitudes si no se puede asegurar el mantenimiento de su estado de salud siguiendo un adecuado programa de vacunaciones, desparasitaciones, analíticas, radiografías articulares, alimentación, etc., o si no se es capaz de procurarle un alojamiento adecuado, limpio, espacioso, aireado, seco e iluminado en el que pueda sentirse a gusto, cómodo y protegido, y no como enjaulado. Además, un perro con casta demanda una actividad elevada y a esto el dueño debe responder en consecuencia, realizando un programa de entrenamiento a la altura de cualquier atleta de élite.

Hay que estar mental y físicamente preparado para permitir que el animal desarrolle plenamente sus capacidades físicas, otorgándole sesiones de campo y entrenamiento (galope, trote y nado reglado) constantes. Para ello el entrenador debe esforzarse en no defraudar al can abandonándose a sí mismo, ya que la imagen física de un adiestrador dice bastante de su credibilidad como tal. También el dueño es moralmente imputable del estado emocional de su perro. De nada sirve que el animal atesore un dechado de virtudes cinegéticas si emocionalmente está afectado. El estrés, la ansiedad, el nerviosismo, el síndrome de perreras, etc., son agentes indeseables que sofocan cualquier aptitud latente.

Al igual que un padre tiene el deber de dar la educación y formación necesarias a su hijo, el dueño tiene la obligación de adiestrar a su perro, puesto que sólo de esta forma las posibilidades de las que la naturaleza ha dotado al animal podrán manifestarse en plenitud. Un perro abandonado a su limbo silvestre no será más que un caballo desbocado.

Asimismo es una obligación ética asegurar que un perro especialmente dotado de aptitudes innatas transmisibles hereditariamente pueda perpetuarlas en descendencia. Y es un deber del criador que esos genes especiales no se desperdicien mezclándose con otros mediocres o de dudosa ascendencia. Es casi un ‘crimen’ castrar a un macho o a una hembra con clase y de estirpe contrastada o dejarlo sin descendencia, del mismo modo que es un ‘pecado mortal’ permitir el cruce con ejemplares portadores de taras físicas (displasias, retinopatías, cardiopatías, etc.), por grandes cazadores que sean. El balance físico, psíquico e instintivo debe ser una máxima, si no alcanzable al cien por cien, sí perseguida por principios.

Por otro lado, el dueño no puede ignorar la responsabilidad jurídica, penal y civil que guarda para con su perro y los actos que éste acometa y sean causantes de perjuicios, por lo que es su deber cumplir con todos los requisitos legales (identificación, seguros, cartilla, control, etc.).

Por último, existe una obligación moral del dueño para con el ejemplar extraordinario de cara a que éste pueda demostrar sus capacidades mediante la competición. Es siempre una pena que un perro con clase vea sus posibilidades coartadas al servicio del morral. Esto, por supuesto, es una elección personal y supone un alto coste, pero es el modo de asegurar la alta selección y no desperdiciar una genética de calidad. ¿Muchas obligaciones? Sí, pero también muchas satisfacciones.

(Texto: R. V. Corredera / Fotos: Julio Abad)