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Aunque hace años lo fue la codorniz para las razas mostradoras

Perdiz como maestra del perro

En menos que canta un gallo andaremos rellenando la canana de cartuchos de décima y perreando a hurtadillas, con la fresca vespertina, sobre los primeros rastrojillos con la idea de encelar al perro con las codornices.
Reportaje_Maestra_G Perdiz roja salvaje y pointer, un binomio característico de nuestra caza menor.

Siempre se dijo: “La mejor maestra del perro es la codorniz”. No estoy de acuerdo. Hubo un tiempo, treinta o cuarenta años atrás, en el que la codorniz daba para cerrar una mañana de agosto con tres docenas en las perchas, en que un mal día de media veda era aquél en que no habíamos cobrado más de diez o doce…, por entonces la densidad de 'africanas' era tal que cualquier perrete permanecía prendido en sus emanaciones desde que pisaba el primer rocío matutino hasta que su nariz se embotaba por el calor sofocante de los pajones.

Hoy, si excluimos en contados pagos privilegiados, los perrillos regresan a caza tal como salieron, con la idea de que el campo es un precioso edén donde galopar “hasta el infinito y más allá”, o como mucho con el regustillo en la boca de cuatro plumejas de un par de codornices que, como muestra, su patón echó al suelo.

Antaño un perro comenzaba como novel el quince de agosto y terminaba en septiembre ya licenciado. Actualmente la gran mayoría echa el cierre a la media veda persiguiendo acachorradamente a las golondrinas que ya se despiden. A no ser, claro está, que se hayan ‘enchufado’ al conejo, más abundante y oloroso, o con suerte se hayan picado a las polladas igualonas de patirrojas con las que se han topado mientras su amo enredaba en los linderos y ribazos sin perder la fe.

Y ahora sí hemos mentado a la verdadera maestra del perro de muestra. La perdiz roja es, por diversos motivos que iré exponiendo, el mejor recurso natural con el que can y cazador cuentan para su aprendizaje en la caza, eso sí, allá donde las haya. La Península Ibérica cuenta aún con áreas perdiceras con poblaciones lo suficientemente estables como para entrenar a nuestros perros con la regularidad y efectividad necesarias.

Hablamos en todo momento de perdiz montaraz, con una disposición a la huida extrema y un estado de vigilancia y tensión que llega a contagiar a su potencial predador, el perro. Ninguna otra ave genera tal nivel de activación y motivación en el can, y eso se traduce en un dinamismo único en el aprendizaje espontáneo y natural que se sustenta en el instinto. Asimismo la distancia de huida de la perdiz, esto es, el área crítica a la que el ave permite acercarse al perro es mucho mayor que la de la codorniz, con lo que son varios los apartados del trabajo del perro que se ven mejorados, como es el contacto con la caza, es decir, ese conjunto de conductas predadoras que el perro despliega y maneja como una estrategia de localización, aproximación y bloqueo ante la pieza. Dicho de otro modo, la perdiz salvaje pone al perro en su sitio y al tiempo que potencia sus virtudes, evidencia sus carencias. Pero como haría un buen maestro, siempre da una segunda oportunidad, y eso, y no otra cosa, es el aprendizaje, una acumulación de experiencias, aunque la codorniz, siendo una especie cada vez más escasa y de temporada, poca praxis ofrece al alumno. Además, la gran movilidad de la patirroja favorece el desarrollo de una búsqueda amplia y ambiciosa y refuerza esa deseada virtud denominada “mentalidad”.

Por otro lado, mientras la codorniz promueve conductas indeseadas en un perro de muestra de clase, tales como el rastreo pertinaz, el coleo nervioso, la muestra corta y la búsqueda enredada en el lindón y errática, la perdiz roja potencia el uso de la nariz al viento, la postura larga y la búsqueda expresiva y vivaz.

Y si hablamos del cobro, nada peor para la boca dura que el cuerpecillo tierno y sangrante de una codornicilla que el perro confunde con una apetecible ‘tapita’. Raro es el perro que no emboca pronto con corrección el rechoncho cuerpo de plumita prieta de una patirroja.

En conclusión, considero a la codorniz un recurso didáctico de gran valor para el aprendiz, pero la verdadera maestra ha sido, es y espero siga por mucho tiempo siendo la brava perdiz roja.

(Texto: R. V. Corredera / Fotos: Alberto Aníbal-Álvarez, Albar y Míkel Torné)