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DOÑA PILAR ARAGONÉS, UNA DE LAS MUJERES CAZADORAS MÁS EMBLEMÁTICAS

Una veterana cazadora abate un monstruoso venado en berrea

Con una afición que no deja a nadie indiferente, Pilar, abuela y veterana cazadora española con una reconocida trayectoria, cumple el sueño de su vida acompañada de su hijo y su nieta.
El descomunal venado abatido por Doña Pilar. El descomunal venado abatido por Doña Pilar.

Haciendo abuso de la confianza que se crea entre quien escribe y el que en su intimidad lee, dejaré de lado el rigor periodístico esta vez, para intentar contar a través de las palabras y en primera persona, todo el cúmulo de emociones y sentimientos que vivimos  en la emotiva tarde que compartimos tres generaciones juntos. ‘Doña Pilar’, cazadora ejemplar, de las que marcó historia en los años 70 y 80 con dos récords de macho montés y que, a pesar de los años, no ha perdido un ápice de afición por la venatoria, es y ha sido mi maestra en el arte de la caza. 

Las 3 generaciones

Hoy le dedico estas líneas, como homenaje a una vida de campo y para compartir, con quienes sienten la misma pasión, el lance a un colosal venado acompañada de su hijo y su nieta. Lance que además, llevaba la carga extra emocional de haber tenido que renunciar a la caza durante varios años, por diferentes lesiones que le impedían hacer lo que más le ha llenado siempre: cazar.

De la mano…

Con el sol aún alto y algo de calor, salimos de rececho por las zonas de monte bajo, donde los viejos machos, hartos de pelea y cansados de la intensa berrea, buscan una tregua bajo la sombra de algún viejo chaparro. Mi padre a la cabeza, liderando la marcha con ese olfato suyo que parece más un sexto sentido que pura intuición, puso rumbo directo a los tenues bramidos, casi quejicosos, de un macho que se escondía a la vista echado entre lo más espeso.

Recechando de la mano

Ella, mi abuela, caminaba nerviosa, agarrada de mi mano y ayudada de su bastón, mientras yo le cargaba el rifle. Ella, que tantas veces me llevó el morral al puesto, ahora se apoya en mí mientras yo cargo con sus “achiperres” para hacerle más liviana la marcha, -aunque todo sea dicho, la emoción de salir a un rececho en berrea parecía haberle restado 30 años del cuerpo-. 

Recechando juntos

Buscando la oportunidad

Con el aire en la cara, avanzamos hacia aquel berrido con el corazón golpeando cada vez más fuerte en el pecho. El cauce de un río seco nos hizo las veces de parapeto y ajeno a nosotros, el viejo macho seguía tranquilo en su encame. Impaciente, soltó mi mano y se agarró a mi padre, caminando juntos una vez más, compartiendo aquello que les ha unido siempre con un vínculo especial.

Un giro de cabeza delató al monstruoso venado, del que descubrimos las palmas asomando entre unos tamujos. Preparamos el trípode y se encaró a su viejo Mannlicher 270, de culata recortada y madera hasta la boca del cañón. Un rifle con tanta personalidad como la dueña. 

La agónica espera

Durante más de cuarenta minutos, que pasaban eternos y parecían volverse horas, aguantamos esperando a que el venado se pusiera en pie y culminar el lance. Mi padre recurrió a la vieja táctica de golpear ramas contra un árbol, buscando la provocación de aquel macho, que seguro de si mismo, no consideró aquella bravata una amenaza. Finalmente y casi más por impaciencia ante aquel insolente que osaba molestarle en su descanso, se puso de pie ofreciendo todo el costado. “Mamá, ¿lo ves bien?. Cuando lo veas claro tira, tu tranquila”, le decía mi padre en el oído mientras ella buscaba en la cruz. 

Madre e hijo, esperando la oportunidad

¡Va pegado!

Retumbó el Mannlincher y tras el salto característico de un tiro encajado en el codillo, arrancó una corta carrera que tras unos pasos, se convirtió en trote, hasta pararse de nuevo. Iba bien pegado. Corrimos intentando mejorar nuestra posición para que pudiera rematarlo, subiendo por la loma del cauce seco y buscando el hueco entre los troncos de encina. Andaba poco y se iba parando, señal de que las fuerzas disminuían, pero en un alarde de vigor salió a la carrera. “Papá, adelántate tú y corre a pararlo”, le dije preocupada porque con los nervios, mi abuela era incapaz de meterlo en la cruz de nuevo. 

Como si volviese a tener 25 años, mi abuela se tiró casi de cabeza por el empinado laderón de tierra del río, para cruzar intentando seguir a mi padre. Una imprudencia a todas luces que ahora, con la serenidad y el sentido común de nuevo funcionando, hace que me remuerda la conciencia por haberla ayudado a bajar por allí. Pero no solo bajó, sino que empujada desde atrás por mí y con una sobredosis de adrenalina en el cuerpo, remontó el segundo terraplén más ligera que un galgo. 

El abrazo final, envueltos en lágrimas

Corrimos hasta llegar junto a mi padre, que nos esperaba con el trípode puesto y el rifle encima para que ella, que había hecho la primera sangre, hiciera la última y cerrase por si misma, el que ha sido sin duda uno de los lances de su vida.

Abuela y nieta

Cuando la cabeza de aquel descomunal venado tocó el suelo, nos abrazamos entre sollozos, con el cuerpo sacudido por los temblores y el corazón hecho un nudo en la garganta. Todavía se me empañan los ojos al revivir ese momento, pero me queda el consuelo de que tardes así, se quedan para siempre grabadas en la memoria, llenando ese morral de los recuerdos que construimos a lo largo de la vida.