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Recechos y esperas al Capreolus en la primavera leonesa

Corzos: tres meses, tres machos

La temporada de corzos de 2014 avanza inexorable, con una primavera a punto de finalizar en la que, quizá con mayores dificultades que otros años, se han abatido muchos y buenos trofeos en los distintos cazaderos corceros del país.
Reportaje_TresCorzos_G Corzo a la carrera en un prado.

Así las cosas, con la próxima llegada el verano, en algunas autonomías el celo de finales de julio supondrá la última oportunidad para redondear los cupos porque la campaña finaliza el día 31 de dicho mes. Sin embargo, en otras regiones, tanto en rececho como en batida, se seguirá cazando esta especie durante los meses de septiembre u octubre.

Como vemos, todavía quedan oportunidades suficientes a nuestro alcance para intentar cobrar uno o varios corzos, de forma que habremos de andar muy despiertos y aprovechar las opciones que los machos llegados a estas semanas nos otorguen. Y si se trata de aprovechar oportunidades, aquí van tres ejemplos de ello, sobre tres corzos en los tres primeros meses de la temporada.

Abril y la sorpresa

En compañía de mi amigo José Carlos, ya estábamos rumbo al coto a las siete y media de la mañana. En aproximadamente tres o cuatro kilómetros de rececho dando vista a prados, choperas y castañares, contabilizamos más de docena y media de animales, entre machos y hembras. La mayoría de los corzos eran jóvenes y estaban con peluca, y los dos o tres desprovistos de ella, o nos ladraron antes de verlos, o no nos dieron apenas oportunidad de disparo. Aun a pesar de no haber tenido opción alguna de lance, lo pasamos realmente bien. Por la tarde volví solo a la carga, pero esta vez en una zona de pastos donde vimos por la mañana cochinos. Sentado cerca de un arroyito pasé unas tres horas contemplando palomas torcaces, azulones y grajos. Ya de retirada, mientras iba por un camino paralelo a los pastos, tres corzos salieron a la carrera muy por delante después de haberme ‘abroncado’.

Sólo me quedaba la última mañana para poder hacer algo en esta primera incursión corcera. No llevaba compañía, de manera que opté por volver a recechar en el escenario del día anterior, ya que los pocos bichos ‘limpios’ del coto, José Carlos los había localizado en ese lugar. En busca del camino por el que bajar a los prados del fondo, salí de la zona más sucia, atravesé un castañar carente de vegetación y volví a internarme en un pequeño trecho de urces. Me restaban tres o cuatro metros para el camino y ya desde allí pude ver que en una de las campas de abajo estaban comiendo dos bichos. Rápido me eché a la cara los prismáticos, aunque no me dio tiempo a ver de qué se trataba, pues por mi derecha y un poco más abajo, con gran estrépito venían corriendo dos corzos. Era un macho que corría a otro para expulsarle de su territorio. En el momento en que atravesaron la pista me dio tiempo a comprobar que el que corría detrás estaba sin borra y parecía alto, de forma que creyendo adivinar hacia dónde irían, desanduve mi camino unos cinco o seis metros y quedé parado en medio de las urces intentando escuchar sus movimientos. Transcurrieron unos segundos que se me hicieron interminables, aunque al fin, y también por medio de las urces, apareció la figura de uno de los animales. Iba al paso, ya más tranquilo, por lo que pensé que se trataba del macho bueno que había puesto en fuga al intruso. Tenía ya la culata del rifle acomodada en el hombro y con la mira en cuatro aumentos lo seguí hasta un sitio en el que las plantas no levantaban tanta altura. Ahí estaba el ‘duende’, ajeno a mi presencia y pletórico por la victoria territorial, con su trofeo alto de seis puntas y bien perlado. Era el momento y treinta metros escasos nos separaban a ambos, así que no se trataba de dilatar más el desenlace. Al tiro, el corzo pegó un saltó, se retorció en el aire y desapareció de mi vista. Subí los aumentos del visor, miré el lugar en el que instantes antes estaba y vi perfectamente que sobre una de las matas había quedado sangre en abundancia. Esperé un poco y me acerqué al disparo, que sin duda era mortal por el rastro dejado, de modo que proseguí la sangre unos diez metros hasta encontrar al corzo tendido en el suelo. Era alto, ni fino ni grueso, muy perlado, con unas contraluchaderas cortas y una luchadera extremadamente larga. Era, al fin y a la postre, mi primer corzo del año, sin duda una hermosa forma de iniciar la temporada en pagos leoneses. 

Casi de noche en mayo

De principios de abril a mediados de mayo el cazadero leonés había cambiado notablemente, pues las hierbas y helechos que lo adornaban subían ya bastante y la localización de cualquier animal no sería fácil.

La tarde estaba dando sus últimos coletazos, así que primero caminé por el teso dando vista a unas bellas campas del valle de la derecha, en cuyo extremo superior, justo por debajo de una línea de grandes escobares, me comentaron que salía un corzaco. Yo no vi nada, por lo que seguí el itinerario fijado hasta llegar al pico del teso, donde confluyen los dos valles con sus respectivos regatos. Escorado a la izquierda, examiné bien las praderas rodeadas de urces y escobas y el curso de agua más abundante que venía de esa vertiente.

La visibilidad empezaba a ser precaria, de manera que volví de nuevo a registrar el fondo del valle. Pero en uno de esos barridos, cuando lo único que podía esperar era el movimiento sigiloso de algún raposo o jabalí, de entre unas escobas surgió la figura de un corzo. A causa de mi posición elevada respecto al animal y de que aún no se había destapado del todo, me costó unos segundos distinguir bien que se trataba de un macho y que la cuerna le sobrepasaba holgadamente las orejas. Todavía aguanté a que el bicho se descubriera algo más y saliera al medio de lo que me parecía una pequeña campina. Si me quedaba alguna duda sobre un posible disparo, en lo limpio se disipó rápido. Traté de asentar bien la vara en el suelo de piedra suelta y coloqué sobre ella el rifle con la mira en pocos aumentos. El animal se encontraba a unos 120 metros, ajeno a mi presencia por el ruido del agua y saboreando el alimento de calidad que le proporcionaba aquel escenario. La oscuridad a través del visor era mucha, pero la silueta del animal aún contrastaba bien con la hierba del prado, de manera que no tuve problemas en meterlo en la cruz para, acto seguido, apretar el gatillo. La reacción del corzo fue espectacular, dando una voltereta hacia atrás de varios metros e internándose inmediatamente en una de las urces que rodeaban el claro. Era seguro que el animal estaba muerto allí abajo, pero aguanté un par de minutos por si salía de la mata y debía segundar el tiro.

Bajé como pude hasta el sitio del lance. Comprobé con la linterna la abundancia de sangre sobre la hierba y llegué hasta la urce en la que se había metido el macho. Ahuequé la parte de abajo y vi su culo blanco, pero como ya era prácticamente de noche, lo saqué brevemente para valorar el trofeo y lo metí de nuevo para volver a la mañana siguiente. Muy satisfecho por el lance y la bonita cuerna del animal, inicié una espantosa salida del valle. Ni que decir tiene que en casi completa oscuridad, no me planteé sacar el animal de allí porque sabía lo peligrosa que sería la subida, sin trochas ni veredas a la vista y rompiendo monte como si fuera un jabalí apretado por los perros. 

Fue a la mañana siguiente, repuesto del esfuerzo y con piernas y brazos llenas de cardenales, cuando regresé a por el animal, esta vez por una vereda que me llevaba prácticamente al lugar del lance. Saqué el corzo de la mata y lo estuve inspeccionando antes de hacerle las fotos. El tiro había sido delantero pero fulminante. En cuanto al trofeo, bien perlado hasta las luchaderas, con una longitud cercana a los 25 centímetros, unas luchaderas y contraluchaderas bonitas aunque no muy largas y un grosor bastante aceptable para la zona. En definitiva, un lance precioso, un escenario de ensueño y un corzo que ocupará un gran lugar en mi memoria venatoria, sobre todo al caer la noche.

Máximo desconcierto en junio

Como es costumbre en mí llegar con mucha antelación al escenario elegido para llevar a cabo la espera vespertina al corzo, salí pronto del hostal. Después de algo más de quince minutos ya me encontraba en mi cazadero leonés. El reloj marcaba las siete y aún me tenía que cambiar de ropa antes de encaminarme a las inmediaciones del prado donde aguardaría. No sé por qué, quizá confiado porque todavía era pronto, pero lo cierto es que fui a dejar el todoterreno a escasos cien metros de los pinos y a poco más de doscientos del claro. Terminé de fumar el cigarrillo que llevaba encendido y abrí el portón trasero para sacar las cosas, primero la ropa y las botas de caza, y acto seguido, ya cambiado, el rifle, la vara y el macuto. No tardé en notar los efectos de la calorina propia de junio cuando me puse en marcha, aunque todo quedó solapado por lo que iba a acontecer en unos instantes.

Tapado el vehículo en uno de los pasillos practicados en el gran escobar del teso, crucé el camino por el que había bajado y me interné en las primeras filas de pinos. Pero no llegué ni a la mitad cuando, de forma sorpresiva, a no más de veinte metros por delante, de las urces de la derecha saltó un corzo como un resorte al suelo limpio del pinar. “Vaya, la fastidié”, me dije al pensar que al animal le habían espantado mis ruidos y emprendía veloz la huida. Aunque para mi sorpresa, nada más lejos de la realidad, pues tras una primera carrerita que le acercó a los árboles del extremo inferior, el macho quedó junto al tronco de uno de los pinos y comenzó a cebarse con él. Al principio el golpeo de la cuerna contra la corteza era violento, pero a medida que pasaban los segundos fue creciendo la saña del animal y sus movimientos se tornaron en furiosas embestidas.  Yo, que aún no salía de mi asombro ante la contemplación de una escena tan poco común, trataba de explicarme qué diantres hacía ese corzo a menos de cincuenta metros de mí. ¿Lo habré levantado yo? ¿Se habrá percatado de mi presencia? ¿Tratará de intimidarme con ese comportamiento? Éstos y otros interrogantes se me pasaron por la cabeza mientras empezaba a dar muestras de una cierta capacidad de reacción. Primeramente me fijé en el macho que tenía delante, y rápido me percaté de que se trataba de un ejemplar adulto y cumplido, aunque de trofeo algo extraño que no supe enjuiciar en esos momentos porque seguía con sus enérgicos arreones. A continuación, decidido ya el abate del animal, me descolgué el rifle del hombro y raudo traté de meter al animal en el visor. Sin embargo, al llevar la mira en nueve aumentos, ni que decir tiene que sólo veía pelo de corzo a través de la misma, por lo que tuve que bajar la relación de aumentos a cuatro para poder precisar bien el tiro en el codillo.

Así encarado aguanté unos segundos, hasta que el macho cesó brevemente sus bruscos movimientos y decidí, por fin, apretar el gatillo. El tiro no había revestido ninguna complicación porque la distancia era escasa y me había apoyado en uno de los pinos contiguos, de ahí que el corzo acusase el impacto e iniciase una rápida y errática carrera hacia abajo, precisamente en dirección al prado, atropellando todas las urces, escobas y toconas de castaño que se interponían en su camino. Pero no recorrió muchos metros y finalmente rodó por los suelos, con un tiro que le deshizo el corazón y que hacía casi incomprensible su estampida ulterior. 

A pesar de que seguí sus evoluciones tras el disparo mediante el oído y no la vista, ya que me tapaban los últimos pinos y la vegetación contigua, sabía que el macho se encontraba cerca. Cuando consideré que ya era oportuno echar un vistazo, seguí el abundante rastro de sangre dejado en el suelo hasta llegar al animal inerte. En efecto, su trofeo es raro, quizá no anormal pero sí atípico, pues a un cuerno izquierdo perfecto le acompaña uno derecho retrasado respecto al otro y con la punta central y la luchadera despuntadas. En definitiva, una cuerna extraña, igual que extraño, y hasta cierto punto desconcertante, fue el episodio venatorio merced al cual abatí aquel corzo en una tórrida tarde de junio en mis queridas tierras leonesas.  

(Texto J. M. G. / Fotos: Shutterstock y autor)