Pasar al contenido principal
Con rebecos y machos monteses en el celo

Consejos para cazar en montaña

Los recechos otoñales a rebecos y monteses siempre están impregnados del misterio de la alta montaña. El cazador debe ir sorteando en noviembre las muchas incertidumbres que implica la apasionante aventura de recechar en las altas cumbres ibéricas.
Alta_Montana_G Rebecos cantábricos y sarrios pirenaicos son animales característicos de nuestros recechos de alta montaña.

Las cumbres tienen bien ganado el mito que siempre representan para el que una y otra vez caza en ellas. La humildad es primeramente la pauta a seguir, junto con la austeridad en cuanto a los recursos a emplear y los tiempos para ello. En estos pagos impera necesariamente el instinto salvaje de la pieza y el magnetismo que éste ejerce sobre el cazador. La caza de alta montaña en las cumbres ibéricas parece resistirse a ser adulterada. Así, monteses, rebecos y sarrios son iconos de la caza sin sucedáneos, representando generalmente la importancia que no damos al significado de la palabra caza.

Guías y equipo en esta cacería

Cuando nos vemos delante del guía o guarda de caza en las horas antes de recechar, sin ningún género de dudas ellos saben de una forma u otra cuáles son las preguntas que se plantearán sobre las condiciones de la cacería. Tanto los cazadores jóvenes como los entrados en años tienen la necesidad de estar informados, pero lo que no saben muchos de ellos es que el interés del guarda por la información tiene reciprocidad, dado que uno quiere conocer las condiciones del cazadero y otro las condiciones y experiencia del cazador.

No es justo hacer trabajar a nuestro guía para que después del esfuerzo nos dé igual el trofeo por no ser capaces de sobreponernos al cansancio. Ellos, cansados de renuncias, son tendentes a recechar los cuarteles más duros con los cazadores más jóvenes, aunque no por ser más abrupto un terreno contiene los mejores trofeos.

Una vez en la montaña nos bajamos del vehículo sabedores de que hemos cogido algo de altura, y no es hasta después de salvar las primeras cuestas -por ser las peores, al estar fríos- cuando en realidad nuestro cuerpo se adapta al medio. Son minutos que con buen ánimo no permiten meditar sobre las inmensas palizas que una y otra vez nos damos en los inicios y finales de cada jornada recechando tras monteses o rebecos, y eso tan sólo para situarnos en las cotas en las que estos animales se hacen presentes.

Conscientes de la dureza que implica el ascenso y el descenso, atendamos al material, pues no serán gratuitas la cantidad y calidad del mismo ni por exceso ni por defecto. Sólo la mochila llena de ilusiones no basta, por lo que en nuestra equipación nunca debe faltar un teléfono móvil en modo silencio. La mochila, aunque debe ser ligera, tiene que contener traje de agua, prismáticos, cordel, linterna, mechero, navaja multiusos, cantimplora y pastillas de glucosa junto con las prendas de abrigo y su adecuado tratamiento.

La vara siempre ha sido cosa de campo, siendo aconsejable sobre todo en la bajada, dado que un tercer apoyo es ventajoso, sobre todo porque lo que se perdió en el ascenso se procura recuperar en el descenso. Los descansos se deben realizar en aquellos puntos donde se puede aprovechar para inspeccionar, a vista de prismáticos, cimbras y laderas, prestando, si cabe, más atención en el descenso. Y es que el animal que no dio la cara al subir o en todo el día, puede que nos aguarde al bajar.

Contravenir las directrices del guía suele ser poco recomendable. Debemos tener en cuenta que, debido a su experiencia, en días de niebla sabe incluso cuando la misma remontará o si, al ser baja, conviene el ascenso sin esperar a que abra y al ganar altura poder recechar al dejar ésta en el valle. En los días de fuerte viento, sin la ayuda de estos guías, nunca se daría el abate, ya que ellos son conocedores de dónde quiebra el viento y, mediante la dirección de los aires, atisban las posibles querencias puntuales que se dan en estas condiciones atmosféricas. Tan importante o más es hallar la caza en estas jornadas, como realizar la entrada a tales entornos amparados por el instinto adecuado. Al cazar mucho se aprende y se llega a sentir respeto y admiración por la persona que te guía.

No debemos iniciar nuestro rececho sin tener la convicción de que estamos preparados para tirar y de que nuestro equipo está dispuesto para ello. ¿De qué sirve caminar muchas horas si luego, por no haber practicado, estamos faltos de confianza en nosotros mismos y en nuestro rifle? En principio, si tenemos tan sólo dos días para recechar cualquier finca pública, ni siquiera basta con contar con estas bazas a nuestro favor, ya que también una buena puesta a punto del arma realizada por nosotros mismos nos salvará de algunas situaciones comprometidas y, además, nos permitirá alcanzar a piezas que se encuentren en campo abierto pero a larga distancia.

Estamos en noviembre y, además del pasto ralo de tonos ocres, veremos a rebecos y sarrios correr tras sus adversarios motivados por el celo. Si de lo que tratamos es de cazar monteses, en estos días no nos faltarán los signos de celo, también llamados en Gredos “calores” o “corrientes”.

(Texto: J. M. Risueño Villanueva / Fotos: Shutterstock, Alberto Aníbal-Álvarez y Félix Sánchez)