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Así afrontan rebecos y monteses la vida en las cumbres nevadas

Si el invierno es duro para los ungulados silvestres que habitan dehesas, montes y sierras, en mayor medida lo será para las especies de alta montaña, como los preciados rebecos, sarrios y machos monteses.
rebeco

Así, mediado el invierno, la nieve se hace dueña de las altas cotas peninsulares obligando a rebecos y cabras monteses a bajar a los valles para poderse alimentar.

Estos pequeños desplazamientos se combinan con cambios en la orientación de las vertientes, seleccionando durante esta época preferentemente las áreas orientadas al sur, que al recibir los rayos del sol escurren o derriten antes la nieve, dejando al descubierto algo de vegetación de la que alimentarse.

Rebeco: el rey de la alta montaña

El rebeco es sin lugar a dudas la especie de caza mayor mejor adaptada a las altas montañas. Para luchar contra los rigores invernales, la formación de grandes manadas de hembras y crías formadas por varias familias poco estables parece la mejor alternativa.

Por su lado, los machos jóvenes que durante esta época acompañarán a sus progenitoras, se juntarán durante el verano, época de abundancia de recursos, en pequeñas manadas independientes. Mientras tanto, los machos adultos, ven la mejor estrategia en una vida en solitario o bien formando pequeños grupos de no más de tres ejemplares.

Los bajos índices reproductivos de esta especie, dada la elevada mortalidad de las crías -pese a que no son raros los partos dobles-, hacen al rebeco muy sensible a los problemas que le han acechado durante los últimos años en forma de sarna y/o pestivirus –el último del que se han tenido noticia ha sido esta misma temporada, en las reservas de caza de Benasque y Los Circos, en Aragón- y que en algunos lugares han diezmado sus poblaciones con mortalidades de hasta el 90%.

Cabra montés

De la misma forma, la cabra montés, especie emblemática de la fauna peninsular, cuyo trofeo es uno de los más espectaculares de todas las cabras salvajes del mundo por la armonía de los cuernos en forma de lira, cuenta con una estructura social similar a la descrita para el rebeco, en la que las hembras y crías de cabra montés forman grupos familiares más o menos numerosos, en función de los recursos, mientras que los machos llevan una vida solitaria durante todo el año, uniéndose a los grupos de hembras exclusivamente en la época de celo.

Las poblaciones de las dos subespecies de cabra montés que habitan en la actualidad en la Península gozan de una abundancia poblacional aceptable. Tras la desaparición en el año 2000 del último ejemplar de la tercera subespecie pyrenaica (bucardo) que habitaba en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido (Huesca), las subespecies victoriae, que se encuentra en el Sistema Central (Gredos) y sobre todo la subespecie hispanica, que habita la montaña mediterránea, cuentan con poblaciones en expansión.

No obstante, y al igual que en el caso del rebeco, la cabra montés también ha sufrido el azote de enfermedades que han afectado a su cabaña. Entre ellas cabe destacar la sarna sarcóptica, que ha incidido con especial virulencia en las poblaciones situadas en las sierras andaluzas, como fue el caso del Parque Natural Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas (en 1987, muy virulenta y que sólo dejó al 3% de la población existente hasta la aparición del brote), Parque Natural Sierra de Las Nueves (sucedido en 1989), Sierra Nevada (con varios brotes graves, el primero en 1992) y en Almería (con un primer brote en 1995 en la Sierra de la Contraviesa). De hecho, la semana anterior se tenía que declarar en varias provincias de esta comunidad autónoma el Área de Emergencia Cinegética por otro rebrote de la enfermedad en las cabra montesas andaluzas.

Con todo, esperemos que por las particularidades de los terrenos en los que preferentemente habitan estas especies, su gestión y sobre todo su aprovechamiento cinegético no sufran modificaciones con los recientes cambios legislativos.

(Texto: Jesús Llorente. Fotos: Shutterstock y Alberto Aníbal-Álvarez).