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Búsqueda previa de información en el monte sobre una pieza superlativa

Aguardos de jabalíes en las noches de verano

Esta modalidad nos ofrece la posibilidad de empezar a cazar, y esto para el verdadero aficionado es muy importante, antes del preciso instante de instalarse en la postura. Nos referimos al trabajo de campo que, previamente, es preciso llevar a cabo.
Aguardos_Noches_Verano_G Jabalí en el borde de una charca con las últimas luces de la tarde.

Tengan presente que revolcar un buen jabalí raramente es fruto de la casualidad, pues aparte de saber permanecer en el puesto como Dios manda, y así evitar que en el instante supremo del encuentro un ‘tornillazo’ nos deje desconsolados y con la miel en los labios, aún resulta más importante derrochar todo nuestro saber cinegético si queremos engatusar a un macareno y que entre al cebadero sin desconfiar. Para aquellos que dispongan del tiempo libre necesario para disfrutar en estas tareas, nuestro consejo es que lo derrochen para conocer el terreno palmo a palmo: lo primero sería averiguar sus encames, de dónde vienen los animales, su careo habitual y las trochas en el monte, qué tal toman la ceba y con qué asiduidad, y no digamos si somos capaces de dar con aquel portillo recientemente sobado que da paso a una siembra con daños visibles; entonces sí que les aseguramos que no es necesario cebar ni echar agua, con apostarse al resguardo del viento el triunfo está asegurado.

Llegar y permanecer en el puesto

Nos van a disculpar si insistimos en la perfecta adaptación de esta especie a un medio como es la noche tras un proceso evolutivo en el que algunos de sus órganos, sobre todo el oído y olfato, han alcanzado un grado de especialización impensable para los humanos. Cualquier chasquido de ramas bajo los pies, un objeto liviano que se nos caiga al suelo o un simple carraspeo -ni que decir que lo de fumar ni lo pronuncio-, por imperceptible e insignificante que nos pueda parecer, aparte de los efluvios que podamos exhalar, ellos los perciben a considerable distancia. Entonces, si tenemos la desgracia de que, por uno u otro motivo llegan, detectarán nuestra presencia y den por finiquitada la espera. Tal vez hubiera sido mejor haber empezado hablándoles de la conveniencia de llegar al puesto con la suficiente antelación, pero es que era preciso insistir en las virtudes del oído y del olfato antes de adentrarnos por otros vericuetos. En consecuencia, olviden las prisas y siempre procuren llegar al apostadero con suficiente antelación, mejor antes del lubricán, más o menos, cuando empiezan a difuminarse las sombras, y una vez allí instalados tras organizar los bártulos, eviten ruidos innecesarios. Tras sentarse en el catrecillo toca derrochar paciencia todo el tiempo que queramos alargar la espera.

Culminación del lance

Ya hemos glosado el alto grado de especialización de algunos de sus órganos, y ahora nos van a permitir que hagamos mención a la destreza de estas reses para moverse por el monte sin apenas causar el mínimo ruido. Más de una vez nos hemos dado cuenta de cómo un buen cochino campeaba a nuestro alrededor igual que si se tratara de un corzo, sin provocar ningún chasquido de ramas o piedras, y eso que hablamos de animales cercanos a las diez arrobas. Por eso es indudable que el jabalí, si no derrochamos sabiduría cinegética, en su medio tiene todas las papeletas para ganarnos la partida. Sin embargo, el encanto de la caza reside ahí, en la lucha entre el instinto y la razón, conocimientos que sólo se adquieren en el monte tras muchas decepciones y algún que otro memorable desenlace.  

(Texto: J. L. T. Conde / Fotos: Nova Toma)