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¡Viva San Huberto!

Hoy, 3 de noviembre, los cazadores celebramos la onomástica de San Huberto, nuestro patrono y al que, a buen seguro, más de una vez nos hemos encomendado para que nos echase una mano con alguna escurridiza pieza de caza.
sanhuberto-M La visión de san Huberto, expuesto en el Museo de El Prado, y pintado por Pedro Pablo Rubens entre 1617 y 1620.

San Huberto nació, según apunta todo, en Tolosa del Languedoc, Francia, en el año 657 y murió el 30 de mayo del 727 en Tervuren, Bélgica. Fue el hijo mayor de Bertrán (Bertrando), duque de Aquitania, y de Hugbern o Afre, que era hermana de Santa Oda. Algunas genealogías tienen a Santa Oda como la esposa de Bertrán y madre de Huberto y de su hermano Eudo.

Como los nobles merovingios de su tiempo, Huberto practicaba asiduamente la caza. Se trasladó a Metz, donde se casó en el 682 con Floribana, hija de Dagoberto, conde de Lovaina. Fue una elección matrimonial conveniente por la importancia de las dos familias. Su hijo Floriberto, como Huberto, llegaría a ser obispo de Lieja. Al morir Floribana, al dar a luz a su hijo, se retiró Huberto a las boscosas Ardenas y se entregó a la caza.

Pronto se obró un cambio espiritual en él. Cuando un Viernes Santo se encontraba cazando, al perseguir a un hermoso venado, éste se volvió y dejó ver un crucifijo entre la cornamenta, resaltado por luminosos rayos, según relata la pía leyenda. Seguidamente, oyó que decía: “Huberto, si no vuelves al Señor y llevas una vida santa, irás al infierno”. Al oírlo, Huberto bajó del caballo, se postró y dijo: “Señor, ¿qué quieres que haga?” La respuesta fue: “Ve y busca a Lamberto, que te dirá lo que tienes que hacer”. La leyenda del ciervo crucífero apareció en la hagiografía medieval, repitiendo la leyenda que ya se atribuía de San Eustaquio, mártir romano del siglo II. Hacia el siglo XV, era una leyenda muy repetida en muchas partes Europa central (Francia, Países Bajos, Baviera, Bohemia, etc.).

Aquí se inicia una vida dedicada a Dios y a los pobres, destacando San Huberto por su sencillez y austeridad, por intensidad de sus oraciones y ayunos y su famosa elocuencia.  A su muerte en Tervuren, Brabante en 727 o 728, fue enterrado en Lieja y en el año 825 sus restos fueron trasladados a la abadía benedictina de Andain, situada en la población que actualmente se llama San Huberto. En los siguientes años hasta el siglo XVI, en que desaparecieron los restos, su sepulcro fue muy visitado y centro de peregrinación. El nombre y la protección de San Huberto se tomó por algunas Órdenes Militares en el siglo XV. Felipe IV de España, rey cazador, tenía a San Huberto como protector.