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Yo fui un gran cazador de gorriones

Gorrión macho.

No. No me he caído del caballo como le ocurrió a San Pablo, aun cuando nada de ello dice la Biblia, pues en este caso hace lustros que debieran de haberse caído otros. Me refiero a esos grandes gestores que jamás le llegarán a la suela de los zapatos al extinto Icona.

Yo cacé gorriones cuando sobraban y ahora que no los hay, no me duelen prendas en echarles de comer aun cuando me reprenden por ello quienes ignoran la naturaleza en todas sus formas. Y encima Madrid se cree que con 200.000 euros que dona a la causa los va a recuperar. ¿Por quién estarán asesorados estos fantoches? Son ustedes unos insensatos, unos bien quedas, unos falsos profetas. La citada cantidad es una propina para permitir a ciertos santones no ser moderados en las libaciones, pero nada más.

Gorriones comiendo en el suelo.

Oigan, que además de los pardales tenemos a la baja a muchas especies que nidifican en el suelo del casi extinto mundo rural español, especies esteparias que, salvo la avutarda, hace años que han ido menguando, y ustedes, trileros, han dado la voz de alarma al final de la batalla, aun cuando muchos les avisábamos sin cesar de que las aves no cazables caían igual. ¡Campeones! Ustedes han dado la voz de alarma muy tarde sobre el descenso de las aves esteparias y otras muchas más.

Mi infancia...

No son recuerdos de un patio de Sevilla, qué va, ni de un huerto claro donde madura el limonero. No. Los recuerdos de mi infancia están ligados a un pueblo de Palencia ubicado en plena Tierra de Campos donde las casas, casetas, bodegas, paneras y demás construcciones estaban hechas de adobes y tapial, pero el tejado estaba bien entrelazado de tejas de barro cocido que servían para recibir y canalizar el agua a fin de no permitirle entrar en las dependencias interiores.

Tejas que si se pisaban en invierno para tapar una gotera, como estaban mojadas las citadas obras de arte, se partían, cosa que no se permitía por el lío que se mangaba al entrelazar las de los alrededores. Ahora bien, el barro manipulado abundaba en todas las partes menos en el edificio de pósitos y depósitos, el ayuntamiento, las escuelas y la iglesia, que además de ladrillos tenía piedras en los cimientos, que a saber de dónde las habían traído los romanos en su día.

Lo poco que queda de mi pueblo está en medio de “Tierra Vacía” y a pesar de que tiene tres casas abiertas, no dejan de ser tres retoños de un árbol seco y caído que parece alimentarlo el viento. Un pueblo que tiene las tapias del cementerio por los suelos, la iglesia sin tejado y poco a poco todo está volviendo a su matriz, que es la tierra.

Pardal macho en una rama.

En los tesos del río Valdavia, entre Castrillo de Villavega y Abia de las Torres, se encuentran trozos de barro cocido y según mi difunta madre, su padre todavía sabía ubicar los pueblos que había hace más de dos siglos. Debajo de los tesos del río Valdavia había unas pozas que yo explotaba para la leña de casa (mimbrajos), además de para la pesca y la caza como correspondía, pero no hay teso que no haya recorrido paso a paso en busca de algún tesoro.

Nosotros teníamos una tierra encina del tojo de Marimillanes donde dicen que en tiempos hubo un pueblo. Madoz no lo registró con tal nombre, aquí la onomatopeya nos juega malas pasadas y el libro etimológico del castellano, creo que moriré sin verlo ni leerlo.

Fuente Andrino

Mi pueblo tiene dos buenos tojos, el de Marimillanes y el de San Pedro. Antes eran una maravilla, pero ahora se riega y se coge el agua sin respetar el caudal mínimo desde su nacimiento hasta más allá de las demarcaciones de mi queridísimo pueblo, motivo éste por el que se han cargado la biología por un puñado de verdura que no ha sacado de apuros a nadie, a juzgar por la caída demográfica que se registra en una pirámide de edad que se encoge el corazón al mirarla. ¡Todo para los caciques sin entrañas y malas mañas!

Gorriones en un comedero.

La ex ministra Isabel García Tejerina (nacida en Valladolid, sí, pero su madre, natural de Fuentes de Nava) prometió una zona de riego en los pueblos aledaños, pero me parece a mí que va a ocurrir lo mismo que ocurrió con un puente que mandó construir el rey Chindasvinto en mi pueblo. Lo mandó, sí, pero no se construyó.

Esas paredes de los tojos eran una mina. Me daban abejarucos, gorriones de campo, conejos, etc. Entre Castrillo de Villavega y Fuente Andrino estaba la fábrica de harinas y luz de doña Margarita. Fábrica de luz y harina que fue cerrada en la postguerra por una denuncia vergonzosa, pero después de precintar las piedras siguieron viviendo allí sus dueños y como el señor Emiliano tenía familia en Vitoria, cuando venía, se mezclaba la nostalgia con la alegría y afloraban las lágrimas.

Para nosotros eran ambos como de familia. Ahora viven en verano y otras fiestas unos sobrinos de doña Margarita utilizando la vivienda como finca de recreo y al no conocernos, no hemos intimado como para pisar de viejo lo que de niño me parecía el paraíso.

El señor Emiliano 

Pasó a ser guarda del Icona como consecuencia de que un día  llegaron unos ingenieros de la citada institución en busca de morada. Era un día de tormenta y les dio cobijo, calor de leña seca de chopo y paja de trillo, cena, conversación, cama, desayuno y se tuvo que poner casi a mayores para llevarles en el carro al lugar donde habían dejado el coche, no aceptando propina alguna. Ya no quedan señores como el señor Emiliano.

No le dijeron que eran ingenieros del Icona, ni él entró en detalles, pero la conversación me la imagino siendo doña Margarita maestra y él guarda de asalto de la República con destino en África. Ya pormenorizaré otro día. A la semana siguiente, cuando no se acordaba ya del incidente, le llegó el nombramiento y les juro por Dios que fue el mejor guarda que he conocido. De él aprendí a poner lazos a los zorros, a observar al lobo, a ver hacer la rueda a las avutardas, a pescar cangrejos con un haz de mimbrajos y muchas cosas que me callo, pero fue el primer ecologista que conocí y jamás me permitió coger un nido con fringílidos o correr a las perdices. Malas pasadas le jugó la vida, pero al final Dios le permitió estar cerca de él a través de la naturaleza.

Pardal posado en el brazo ornamental de un banco.

¿Cómo se va a cuidar lo que se desconoce? Esos ecologistas que sólo dicen defender (captar subvenciones) una parte de la naturaleza, se han empeñado en hacer comulgar a la gente con ruedas de molino. Quién no conozca el mundo animal, vegetal y mineral, no puede opinar y menos predicar. Los tres conceptos citados son parte de uno que es la Pachamama. Y se accede a él por estudios reglados o por un saber empírico que han dado en denominar autodidacta, cuando de ello tiene poco o nada. 

Un sucedido

El 15 de diciembre de 1960 se casó la aristócrata española Fabiola de Mora y Aragón con el rey Balduino de Bélgica. Una fecha que el “régimen de entonces” encumbró por todo lo alto. En Fuente Andrino todavía no había nadie que tuviera televisión y todos los niños y niñas de la escuela fueron con la maestra (doña Julita García, de Osorno) a ver la boda en la tele de la casa del cura de Abia de las Torres.

Ese día había nevado y los dos anteriores, también. Cerré las gallinas. Saqué el abono de la cuadra de las mulas y lo puse en la moledera, como mandan los santos cánones. Lo tapé con paja de trillo. Eché unos cuantos puñados de trigo al montoncillo que me salió bordado. Cargué con un grano de trigo los muchos cepos que tenía (y tengo todavía).

Muchos de mis cepos fueron producto de las propinas y de los que había en casa. El manojo de ahora lo forman los de antaño y los que he ido adquiriendo en toda España. Cribé un poco de paja. Y con la paja cribada (casi polvo) procuré tapar los cepos dejando ver el grano. No hubiese hecho falta, pues al llegar a la cuadra ya saltó el primer cepo. Al poco el montón de cebo parecía un montón de pájaros. Baste con decirles que al final me cansé cuando tenía un cuarto de saco de Nitrato de Chile lleno de gorriones, totovías, tordos, etc.

Gorrión macho sobre la piedra.

Recogí los cepos y los pájaros del contorno se dieron un festín tremendo y todavía les sobró comida para invitar a sus amigos. En este mundo que se nos está yendo sin parar un punto somos muchos los que tenemos grabado a fuego sobre nuestros corazones hasta la última brizna de hierba del planeta Tierra.

Otro sucedido

En nuestra casa nunca faltaron familiares de mayor o menor grado que venían a visitarnos cuando la caza o la pesca estaban desvedadas. Después, cuando vinimos a Vitoria, no se acordaron de nosotros para nada, a no ser para “arramplarnos” lo poco que teníamos.

Detrás de nuestra casa de Fuente Andrino, teníamos una tierra que la sembrábamos de alfalfa. Pues bien. Un año, todavía no sé a santo de qué, les dio por visitarla a unas bandadas de gorriones tremendas. Me imagino que mi padre no dio el último corte y tendría simiente.

Un día, cuando contaba tan sólo nueve años, le pedí la escopeta a un tío mío al que siempre quise mucho. Me cargó los dos cañones con unos cartuchos recargados varias veces, por lo que eran más cortos que la manga de un chaleco.

Machos de gorrión alimentándose en un suelo adoquinado.

Tenían perdigón del 11 y encima tenían taco de fieltro dispersante. Me subí a la tapia del corral por la escalera de mano. Cuando me divisaron los gorriones se levantaron y les disparé los dos tiros de levantada. No me caí al suelo de milagro. Cogí a mi perrita “Lola”, que me la había regalado don Pablo, quien fuera veterinario de Villaherreros y, por lo tanto, de zona.

A ella le gustaba rematar los ratones y los pájaros y hacía montones con ellos. Mientras yo recogía los muertos, ella se ocupaba de los vivos. Pues bien. Cogimos 82 gorriones. Esa perrita ‘cusqueja’ era una gran cazadora de ratas de agua, de codornices y la que más cuidaba nuestra modesta hacienda. ¡Cuántas lágrimas derramé por ella en mis primeros días de Convento! Esos perros se han perdido o desnaturalizado. Me gustaría hacer el camino de Santiago o el del Canal de Castilla, que es más corto, con una compañía así. 

Despedida

El próximo día les escribiré sobre cómo, ya en Vitoria, hacía liga de acebo y lo que tenía que haberles contado hoy y no he hecho. Pero el cazador que no haya pasado por vicisitudes tales, no es cazador ni es nada.

Quien dice que es cazador y espera en una postura a que le entre un bicho grande o pequeño levantado por otro, puede ser un tirador bueno o malo, pero poco más. La espera nocturna a lo que sea empieza a tener un cierto mérito venatorio.

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