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EL ARTÍCULO DE ‘EL MUNDO’

“Ecologismo de bolsillo: cómo los domingueros quieren salvar el campo”

El soberbio artículo de ‘El Mundo’ que le saca las vergüenzas al ecologismo: “El retorno a la Naturaleza se ha convertido en la nueva religión, con sus pecados, sus epifanías, sus promesas de salvación... Pero también con sus hipocresías”
«La gente del campo ni se fusiona ni se deja de fusionar. Su relación es distinta a esta fantasía de urbanitas en que nos vamos a la montaña en busca de una epifanía» «La gente del campo ni se fusiona ni se deja de fusionar. Su relación es distinta a esta fantasía de urbanitas en que nos vamos a la montaña en busca de una epifanía»

Llega el Antiprogreso: móviles retro, comida ecológica, retiros de silencio...

"¿Se pueden hacer botellones en los huertos urbanos? ¿Vestirse de Decathlon y salir al monte ayuda a luchar contra el cambio climático? ¿Es el ecologismo una nueva religión? ¿No será esta fiebre por lo verde una engañifa del capitalismo? Las preguntas se acumulan últimamente en el debate ecológico. La aparición de figuras como la niña Greta Thunberg o la congresista estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez han reverdecido, nunca mejor dicho, las esperanzas de salvar el planeta y, de paso, a nosotros mismos.

 

Hay también una llamada a volver a la Naturaleza, al campo, en libros como Tierra de mujeres (María Sánchez), Verdolatría (Santiago Beruete) o La tierra desnuda (Rafael Navarro de Castro). O en proyectos como Salvaje, «la revista que quiere sacarte al campo» y tantas otras iniciativas neorrurales. En esto estamos todos más o menos de acuerdo: ¿a quién no le gusta sentir de cerca la flora y fauna? Pero el discurso, que ya es prácticamente hegemónico, tiene bastantes brechas. Es de lo que habla Ramón del Castillo en El jardín de los delirios (Turner), un libro que aborda, con mucho humor, esta búsqueda de unión o comunión con la naturaleza. A veces, con resultados descacharrantes.

 

«Ese deseo de fusión es muy complejo, porque es una fantasía que, sobre todo, tenemos la gente de ciudad», explica Del Castillo, profesor de Filosofía en la UNED. «La gente del campo ni se fusiona ni se deja de fusionar. Su relación es distinta a esta fantasía de urbanitas en que nos vamos a la montaña en busca de una epifanía». Su libro es también una crítica a la «ecología positiva». «La Naturaleza es una cosa demasiado complicada como para que tu relación con ella sea una cuestión de actitud», dice. «No hace falta creer en la Naturaleza para ser ecologista». Y pone como ejemplo «lo que estamos viendo en Valencia, Nueva York y tantos otros sitios: una pelota de toallitas para limpiarse el culo con aloe vera que bloquea el alcantarillado, como una pesadilla de Ballard y Cronemberg».

 

Es verdad: hace falta mejorar nuestra relación con el entorno natural. ¿Pero cómo? Hay visiones a corto plazo, aunque, «por tener un parque cerca, nuestra calidad de vida no va a subir necesariamente, por mucha milonga ecologista que nos metan», denuncia el pensador. «La gente no es gilipollas y sabe que no hay una relación directa entre grado de verdeo y calidad de vida».

  Las hipocresías del ecologismo de sofá

 

"CREER EN LA NATURALEZA ES PEOR QUE CREER EN DIOS" - Ramón del Castillo

 

Yayo Herrero, antropóloga, activista ecofeminista y ex coordinadora de Ecologistas en Acción, denuncia que «vivimos sumidos en una especie de analfabetismo ecológico que no permite que nos comprendamos como una especie viva inserta en un medio natural. Esto ha provocado que en nuestra cultura la naturaleza se vista desde la exterioridad, la superioridad y la instrumentalidad». Alicia Puleo, filósofa y autora de Ecofeminismo para otro mundo posible (Cátedra, 2011), sostiene que «tendemos a no darnos cuenta de que las comodidades de nuestra vida cotidiana dependen de un afuera no urbano. Si el ecosistema global colapsa por el cambio climático y otros factores de destrucción ambiental, tal como nos advierten los científicos que pasará hacia mediados de este siglo, nuestra vida cotidiana se verá terriblemente afectada».

 

Uno de los fenómenos editoriales de la temporada es Los asquerosos (Blackie Books), donde Santiago Lorenzo habla de un hombre que, como él, abandonó la gran ciudad para irse a vivir al campo. Pero nada idílico, ojo. «La vida en el campo te ofrece la maravillosa posibilidad de renovar tu periplo de problemas de cara a la supervivencia: te ofrece un nuevo muestrario si es que te has cansado de los de la ciudad», explica el escritor. «La idea de querer cambiar de aires ha existido siempre y los contrastes han funcionado siempre como un motor de vida. Así, al vasco Unamuno le apasionaba el llano castellano. Y al contrario: me encuentro en mi pueblo a gente que suspira por pasarse una noche de ésas de pastillas». Lo que hay es «gente descolocada y gente sin descolocar».

 

Sin embargo, «todo el tiempo se fracasa», lamenta Lorenzo. «Aquí viene cada soplapollas con un coche de tres toneladas... Y les tiramos piedras, cumpliendo con el precepto de Fernando Esteso de que, aunque hayamos nacido en Portugalete y pasado la vida en Madrid, si te has convertido en un tipo de pueblo tienes la obligación de apedrear al que venga aquí haciendo ostentación. Y aquí hay pilón», avisa.

 

Fricciones como éstas hacer que Del Castillo alerte sobre la necesidad de coherencia en la estrategia ecológica. «Se propugna una revuelta emocional que va a transformar todo, porque vamos a tener una nueva educación y esa educación va a permitir reaccionar la gente emocionalmente. Pero aquí hay algo no me cuadra, porque según los mismos informes de la gente que habla de esa revuelta, tenemos 12 años para solucionar el problema del cambio climático. Y si es una cuestión de emergencia, no es emocional, sino política». No le salen las cuentas: «Habría que tomar medidas impopulares, taxativas, que la población no quiere aceptar. Y no tenemos tiempo para la educación sentimental».

 

Una de las claves de El jardín de los delirios queda resumida en una frase: «Creer en la Naturaleza es peor que creer en Dios». El autor se explica: «Gran parte del lenguaje educativo-moral ecológico es casi un lenguaje ético y religioso, con examen de conciencia de un pecado verde, confesión y un propósito de enmienda. La Ecología se pega con un culto. Y el culto a la Naturaleza crece conforme decrece el culto a la humanidad. Es decir, cuando empiezan a surgir discursos de que los humanos somos una plaga para el planeta». Así, «la Naturaleza exige una devoción, un cierto respeto que antes sólo tenía Dios, algo superior a nosotros».

 

Y pone más ejemplos: «En National Geographic califican continuamente a la red nacional de parques naturales de EEUU de 'lugares sagrados', porque es cierto: la gente que ya no cree en Dios ni en la humanidad se va al Gran Cañón como si fuera una catedral gótica». Esos enclaves tienen una función: «Usted puede estar jodido en casa con la cría con asma, pero siéntase tranquilo, que al menos estamos salvando algo». Pero también vienen con sus disfunciones: «La gente se decepciona continuamente viendo la Naturaleza y es porque la ve demasiado espectacularizada en los documentales. Son jodidas postales. Cada día van a tunear más la realidad para que se parezca más al National Geographic».

  Ecologistas del siglo XXI

 

"LO VERDE, LO BIO, LO ORGÁNICO SON NEGOCIOS EN SÍ MISMOS PERO TAMBIÉN TAPADERAS. EN NOMBRE DE LO VERDE SE OCULTAN PROBLEMAS MUCHO MÁS GRAVES"

 

A todo esto hay que sumar un aspecto crucial: el negocio. Porque, sí, detrás de todo esto están las garras, zarcillos, filamentos o cualquier otra metáfora de extremidad del capitalismo. «Lo verde, lo bio, lo orgánico son negocios en sí mismos pero también cosméticas para otros negocios, tapaderas, estrategias en las que en nombre de lo verde se ocultan problemas mucho más graves», asegura Del Castillo. «Rebecca Solnit dice que por montar jardines y huertos urbanos no plantamos necesariamente cara al poder, no es un acto de rebeldía o de resistencia. Sólo lo es si está conectado con otras prácticas sociales».

 

«La gente está jodida, con perdón, y necesita espacios de esperanza o de relajación. Y ahí es donde las estrategias del mercado son más sutiles. Va a sitios verdes, pero se le tiene entretenida pensando que está contribuyendo a un régimen nuevo, a un nuevo pacto social», argumenta el filósofo. Pero, de nuevo, las contradicciones: «El problema de una lechuga ecológica es que la transporta en un camión».

 

Para Herrero, si el deseo de reencuentro con lo natural «es satisfecho de forma individualizada y a través del mercado, puede generar un nuevo nicho de negocio». Otra cosa es que «esos modelos de vida sean extensibles al conjunto de los seres humanos y que no se conviertan en nuevas formas de explotación de la naturaleza, ahora con la etiqueta verde». Según ella, «la única forma de reencontrarse con la naturaleza de forma justa para todos los seres humanos y el resto de especies es reducir de una forma drástica el tamaño de la esfera material de la economía y adoptar estilos de vida más sencillos y austeros, obviamente para aquellas personas que consumen mucho más de lo que les corresponde».

 

Puleo apunta que «en el momento de emergencia ambiental en que nos encontramos y dada la situación sociopolítica existente, toda toma de conciencia ha de ser bienvenida». Pero teniendo claro, eso sí, que «unas medidas pueden tener un valor únicamente simbólico y otras, las estructurales, ser las realmente necesarias y eficaces. No es lo mismo limitarse a proponer, por ejemplo, el uso de bombillas de bajo consumo que decidirse a poner el necesario freno a un crecimiento económico constante basado en las energías fósiles, un crecimiento que es incompatible con los límites del planeta».

 

Del Castillo señala que «el mercado genera imperativos de experiencia. Como si al llegar a lo alto de una montaña vieses un cartel: 'Vibre ahora'. Ahora le toca el subidón y luego ya se puede comer el bocadillo envuelto en papel albal». Eso responde a que «necesitamos tener experiencias, porque debe ser que no tenemos experiencias buenas en otros sitios, en el trabajo o en la sexualidad». Lo único natural de todo esto «es que queramos sentir cosas. Lo antinatural, lo artificioso es que el sistema se da cuenta de ese deseo».