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Estas semanas los rabicortos ponen a cada perro en su sitio

Cómo cazar ahora los conejos con podencos

Ahora que la tierra ha tomado agua y la temperatura ambiente es fría en la mayoría de las zonas podenqueras, nuestros compañeros de trabajo pueden lucir las mejores narices tras los conejos de monte.
Cazar_Conejos_Podencos_G Estas semanas los conejos ponen a cada podenco en su sitio.

Las lluvias del otoño han reblandecido la tierra y el sol, en días alternativos, ha sacado finos brotes de pasto en muchos lugares. Las piezas de caza salen de las umbrías a buscar sitios soleados y de más rápido secado en caso de lluvia, como monte muy bajo y ralo, zonas de pasto en tierras areniscas, retamares, olivares, viñas y escenarios más despejados de vegetación.

 

Es el tiempo en que sacamos conejos de sitios inverosímiles, como el pie de ese almendro u olivo que está pegado a donde hemos dejado el coche y del que levantamos la pieza al volver a él. Nos parece imposible que a ese conejo le hayan pasado casi por encima los perros en su salida sin haberlo detectado y que haya aguantado lo que ha aguantado echado.

 

El motivo del cambio de asentamiento de los conejos ahora no sólo es climático, sino también debido al acoso constante a que han sido sometidos en sus sitios habituales de careo, en montes y barrancos con buena cobertura vegetal.

 

Igualmente, en muchas zonas conejeras aparecen las señales del celo, como son los manojos de pelo en el suelo, procedentes de las peleas entre machos.

 

Las jornadas de caza hay que seguir empezándolas en sitios de buena cobertura vegetal.

 

Los conejos jóvenes comienzan a ser echados de las madrigueras por los viejos, cosa que ocurre también con las hembras. Esos conejos desterrados, cuando son levantados por los perros, tienden a no encerrarse con facilidad, proporcionando buenos lances de seguimiento.

 

Ya con la caza bastante más dura y resabiada, acuden menos escopetas al campo. Y al cazador perseverante que sigue saliendo al campo con sus perrillos se le premia con los mejores lances, aunque éstos más escasos, y se le da más oportunidad de pisar el terreno que, al menos ese día, todavía no ha pisado nadie.

 

Caza y perros

 

Las jornadas de caza hay que seguir empezándolas en sitios de buena cobertura vegetal, donde desfoguen los perros más fuertes en su salida, dando tiempo a que los primeros rayos de sol calienten la cama del conejo.

 

El cazador acaricia a su podenco tras el cobro de un conejo.

 

Hay que pararse más, dejando que trabajen los perros a conciencia y cubriendo las salidas más querenciosas, ya que los conejos han dejado de ser una pieza tontona y simple, por lo que es más difícil que los tiremos a nuestros pies.

 

Es frecuente que haya conejos encamados en poyetes de paredes casi verticales en los barrancos, metidos en grietas del terreno o en el más duro e intrincado aplastadero de los zarzales.

 

El tiempo que hace que se encamaron, al ser las noches más largas, propicia que los rastros sean más viejos y que los perros se tengan que acostumbrar a afinar su olfato hasta detectar con claridad lo que es un rastro relativamente reciente, que puede conducir a un conejo encamado, del que es un rastro viejo del careo de la noche, éste perteneciente a conejos que ya están encerrados.

 

El perro, en su sitio

 

El podenco que tiene buena nariz ahora sobresale con diferencia sobre el resto, encontrando y levantado más conejos difíciles que antes. Si somos observadores, sabremos qué perros llevan la voz cantante, guiados por su mejor nariz e inteligencia, y cuáles otros se mueven sin orden en la búsqueda y que, aunque parece que no paran de trabajar, encuentran menos o ninguna caza.

 

Estas semanas de caza escasa y esquiva ponen a cada perro en su sitio

 

Después de batir los espesares del coto, preferentemente en posturas, no está de más echar una ronda por los sitios más claros de vegetación y soleados, andando al salto o en mano.

 

Podencos cazando conejos en una zona más abierta.

 

Con andar lento y observando mucho el rabeo de los perros, podremos disfrutar de lances bien trabajados, aunque ahora la dificultad no sea la excesiva vegetación, sino desenredar la madeja de débiles rastros en terreno descubierto, rastros que por estas zonas pueden ser también de perdiz o liebre.

 

En los olivares estos podencos se acostumbran en seguida a ir de chueco en chueco en busca de esos conejos viejos que se saben apartar de las zonas habituales de batida, monte y arroyos, ocultándose en el interior de los troncos de estos olivos, o detrás de las liebres, las cuales se encaman dando el culo al tronco, en los pies de olivo y con cobertura de pasto o varetas.

 

No se les olvidará a los más repasadores echar la nariz hacia arriba para que no se les pase esa astuta perdiz que está aplastada en la corona del tronco o en alguna cruceta de las ramas.

 

(Texto: M. Pedrosa / Fotos: Fran Lozano, J. J. Salazar y autor)

 

 

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