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La caza que muere en la España que arde

Helicóptero volando hacia el incendio para soltar el agua que porta.

Otro verano más, la pesadilla de los incendios forestales vuelve a llamar a la puerta de un país, el nuestro, que parece no aprender de errores pasados y, como si de un penoso tributo se tratase, paga escrupulosamente, en forma de miles de hectáreas de montes y bosques calcinadas por toda nuestra geografía, su falta de previsión e inoperancia ante una terrible situación que se repite año tras año con mayor o menor virulencia.

 

Triste imagen de la vega del río Tajuña a su paso por Orusco.

 

Fuegos como los de Tarragona, Toledo-Madrid, etc., nos han devuelto al peor de los escenarios, al de la desolación y destrucción por las llamas, con independencia de que éstas hayan sido provocadas de manera intencionada o accidental. Sin embargo, además de los grandes incendios estivales, ésos que merecen la atención de todos los medios de comunicación por las enormes superficies de terreno quemadas, las dificultades a la hora de controlarlos y extinguirlos y los riesgos que llegan a representar para las personas, hay otros de menor envergadura, menos devastadores, que no trascienden la esfera local, comarcal o provincial. 

 

Precisamente uno de estos últimos lo viví de cerca el pasado 1 de julio. Ardieron poco más de cien hectáreas de monte bajo en un municipio del sureste madrileño, que fueron sofocadas con gran eficacia en siete u ocho horas, y no hubo que lamentar heridos ni muertos, por lo que su repercusión mediática resultó más bien escasa, máxime al coincidir en el tiempo con el incendio de Cadalso de los Vidrios y Cenicientos.

 

 

A pesar de ello, a ojos de un cazador acostumbrado a pisar aquellos barrancos, parcelas, morras y cipoteros de una ladera que enmarcan el río Tajuña y un llano en la parte alta, amén de la desolación en clave de flora y fauna, mucha de ella cinegética, hay detalles que merece la pena señalar porque resultan de especial trascendencia en éste y otros fuegos similares:

 

  • Algunos olivares y almendrales, labrados y cuidados, supusieron un freno al avance de las llamas, lo que no ocurrió con aquellas tierras de labor perdidas.
  • La ausencia de rebaños de ovejas y cabras en los últimos años ha provocado que el monte esté cada vez más ‘sucio’ y espeso, con mucha vegetación herbácea y arbustiva que colaboró en la rápida propagación del incendio.

 

Incendio declarado el 1 de julio en Orusco de Tajuña.

 

  • Aun a sabiendas de la falta de ganado en la zona y de que el monte se va cerrando, los trabajos de limpieza del mismo para evitar desastres medioambientales como éste, ni llegan por parte de las Administraciones ni se permiten a los agricultores, cazadores, etc., por lo que un coto de caza donde dominaban los conejos, perdices y liebres hace apenas 20-25 años, en la actualidad cada vez está más poblado de jabalíes y corzos.
  • El excelente operativo puesto en marcha por los equipos de extinción, con medios aéreos y terrestres en el escenario de los hechos y cuyos efectivos, por su profesionalidad y diligencia, volvieron a erigirse en auténticos héroes.

 

 

Hechas estas puntualizaciones, queda patente que el abandono del mundo rural, con la mengua notable en determinados espacios de las actividades agrícola y ganadera, así como el olvido del campo español por parte de las autoridades, son hechos tan incuestionables como nefastos para la mayoría de nuestro territorio, aquélla donde todos los veranos -a manos de pirómanos, por culpa de imprudentes o de forma accidental o fortuita- tenemos que sufrir el lamentable espectáculo de los incendios forestales y la muerte de tanta caza menor y mayor.