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Los móviles durante la caza, a los puñeteros bolsillos o morrales

Con un móvil en el campo.

Recuerdo que mi amigo y compañero Alberto Aníbal-Álvarez, que nos dijo adiós hace casi cuatro años, que además de un increíble cazador, era un magnífico fotógrafo y articulista, pocas veces sacaba su cámara mientras participaba en una jornada de caza.

 

Mientras cazaba, estaba a lo que tenía que estar, a cazar, sabedor que después -o en algún parón o pausa- habría tiempo para realizar sus excelentes fotos a trofeos, perros, armas, cazadores… Y yo, que siempre lo admiré como persona, cazador y profesional, aprendí bien su lección, no sin antes habérmela pegado en algunas ocasiones en las que ni cacé a gusto ni hice fotos que mereciesen la pena.

 

Pero todo aquellos cambió radicalmente con la aparición de los smartphones y sus más que aceptables prestaciones como cámaras de foto y de vídeo. Y más aún con las posibilidades de interacción en redes sociales y grupos móviles a través de estos 'teléfonos inteligentes', que hacen que cualquier vídeo, imagen, escrito o audio se pueda convertir en un contenido viral.

 

Imagen de archivo de un cazador atento en su puesto de montería.

 

Y claro, tanto poder en la mano, mucho más del que aún algunos imaginan, puede desembocar en un mal uso por diferentes motivos: afán de protagonismo, ingenuidad, complejos de distinta naturaleza, etc.

 

Esta tentación tecnológica es tan grande, la dependencia resulta tan categórica, la sumisión es tan evidente, que desgraciadamente, hasta en una actividad tan auténtica, salvaje y natural como es la caza, buena parte del personal, en lugar de concentrarse en lo que está haciendo, se encuentra más pendiente del móvil que de otra cosa, haciendo fotos para quedar como Dios en Facebook o grabando cualquier gilipollez que compartir en el grupo de WhatsApp, además de ver, comentar y compartir los testimonios de los demás.

 

Me parece triste y peligroso que algo tan increíble como cazar quede supeditado a la pasión irrefrenable que el smartphone despierta en algunos, y que les lleva a estar siempre preparados -no sé muy bien cómo- para fotografiar o grabar todo lo que se les pone por delante, cuando lo que deberían estar haciendo es disfrutar de una inigualable afición como la venatoria.

 

Archiperres en un puesto de montería.

 

Así que para ésos que, más que cazadores, parecen reporteros dicharacheros de Barrio Sésamo, mi consejo es que se tomen la caza como esta noble práctica se merece, máxime cuando es una actividad en la que utilizamos armas, y recapaciten si compensa ser los más virales en los grupos, perfiles y comunidades digitales a cambio de que sus aportaciones, algunas veces muy desafortunadas, caigan en manos de gente sin escrúpulos, desconocedora de la realidad de la caza y deseosa de que ésta se prohíba.

 

Hay vídeos, como el del tristemente famoso agarre del venado al borde del risco y que hasta le ha valido amenazas de muerte al rehalero, que no merecen serlo, y lo mismo fotos o comentarios, de manera que el que se vea incapaz de resistir la seducción de su smartphone incluso cazando, lo tiene fácil, o no caza, pues parece que aquello no va con él, o no comparte con nadie esos archivos, si ya están en su dispositivo, o, mejor aún, no saca el puñetero móvil del bolsillo o lo mete en el morral, pues hay imágenes que, por el bien de este sector, han de quedar en el monte.

 

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