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De corzas blancas y encantamientos

Corza blanca en el interior de un monte. (Fuente foto: cocinadelbierzo.com)

Como las serpientes de verano, el pasado mes de agosto saltó a los medios, provocando la extrañeza de muchos, la imagen de un corcino blanco en Soria. Yo, que cargo con 30 años de caza a mis espaldas por esos montes de Dios y que nunca fui querencioso para predar entre los eucaliptales de mi parroquia, vi por primera vez una corza, dentro del marco de mi visor, hace 25 años. Era blanca, en los montes de Caurel, en un lugar hermoso hasta en el nombre, Vilamor. Así comenzó mi amor por los corzos y por su caza. Con una corza blanca metiéndoseme en el sentido.

Un viaje especial

Hace 25 años yo era un jovenzuelo veinteañero que formaba parte de una peña que, con sus magníficos sabuesos, era reclamada para cazar en muchos puntos de Galicia. Era un momento de la historia cinegética de mi tierra donde el jabalí empezaba a avanzar y el hábitat de la caza menor a apagarse como una vela ahogada por las masas forestales. Muchas de esas aldeas donde éramos reclamados, no tenían siquiera perros especializados en la caza mayor (pronto se corrigió y hoy en toda Galicia abundan tanto los jabalíes como los canes jabalineros).

Fue ésta una época de auténtico compañerismo entre las primeras peñas jabalineras, que ya quisiéramos disfrutar hoy en día, donde la cultura de caza no suele llegar más allá de la longitud de una traílla. Aquellos días no estaba yo emocionalmente en mis mejores momentos; acababa de ser diagnosticado de sarcoidosis pulmonar y sabía que me quedaba un año de chutes de cortisona en el mejor de los casos, y en el peor, me iría a criar malvas dejando dos niños pequeños detrás.

Con ese ánimo decaído me di un respiro; mi esposa y yo hicimos un hermoso viaje por los Cañones del Sil, el Bierzo y Caurel. Disfrutamos con aquel glorioso Patrol de los colores del otoño entre montañas, rememorando el que había sido nuestro primer viaje juntos, como novios.

El autor del relato, con su Nissan Patrol de aquella época.

Una noche llegamos en medio de la niebla, con la única ayuda de la brújula y un mapa, a la casa de labranza donde nos alojaríamos en el norte del Caurel. A algunos, que han nacido con el GPS conectado, les parecerá extraña esta forma de orientarse, pero creo que pocos coches me hicieron disfrutar tanto como aquel Nissan de focos redondos e irrompible motor; el Perkins, recién restaurado, cayó en mis manos dispuesto a comerse caminos como yo necesitaba comerme la vida en aquel momento.

En medio de la sólida niebla, salió a recibirnos la dueña de la casa; agradecimos el calor de la cocina de leña, la cena y la conversación. Era tarde ya. Estábamos muy cerca del Camino de Santiago, al sur del Cebreiro, evocador nombre para los peregrinos con sus pallozas de techo de paja.

Sobre la mesilla de noche había un libro que despertó mi interés, un libro de leyendas del Camino de Santiago. Esa noche devoré la lectura y de entre todas, llamó mi atención la leyenda de la corza blanca. Esta leyenda había corrido a lo largo del Camino de Santiago, unas veces bajo la acepción de una cierva, otras describiendo una corza. Lo importante era la trama.

“Una joven doncella, Margarita, enamorada de un doncel, escapa al bosque. La hermosa dama huye de un matrimonio impuesto con un viejo y ella, enamorada del doncel, desaparece para vivir lejos del lecho de un hombre al que aborrecía. La joven es maldita por su padre y con el peso de esta maldición desaparece”.

Años más tarde, un joven ballestero se adentró en el bosque con sus sabuesos y la fortuna pone ante su flecha una hermosa corza blanca y piensa: “mis criados, mis monteros, nunca me creerán”. Con toda presteza lanza su flecha y la corza cae muerta en lo más espeso del bosque. Apurado por el lance y el tiempo, el cazador corre al encuentro de los monteros con una pata de la blanca corza dentro de su zurrón, como simple prueba del extraño lance, pero cuando extrae la pata del zurrón, en vez del beneplácito de los presentes, escucha el grito de horror de su madre al ver que del zurrón extraía la mano de una blanca doncella, la mano de Margarita con su anillo.

Todos corrieron al bosque y allí encontraron el cuerpo de Margarita atravesado por una flecha de su hermano. Margarita había vivido libre en forma de corza blanca en el bosque, presa de un encantamiento y lejos del desamor. Pero feliz.

La caza y la corza

Quiso la irónica fortuna que al fin de semana siguiente, mi peña accedió a cumplir un compromiso y, con la única certeza de que nos dirigíamos de caza a Lugo, me apresté a preparar el equipo, los archiperres y viandas para soportar un frío día de monte. El macuto bien servido de buen chorizo de Lalín y una pequeña botella de Mencía de Valdeorras. Nuestro destino, tras el madrugón y muchos kilómetros, fue ese pueblo de Caurel de romántico nombre, Vilamor. Pensé en el caprichoso destino que me traía a pocos kilómetros de donde me había alojado la semana anterior con mi esposa.

Nos colocamos en los puestos asignados y yo fui de los últimos, pues el remolque de los perros iba enganchado en mi coche. Mi postura estaba en un amplio cortafuegos de un pinar imponente, de robustos árboles. Me coloqué de espaldas a la mancha, acomodando el catrecillo detrás de un gran tronco con abundantes pasos de salida de jabalíes a izquierda y derecha. Vamos, lo que es un buen puesto, de los de libro.

Imagen de Vilamor.

Transcurre la mañana entre ladras y órdenes por la emisora. Con el madrugón, el hambre aprieta y doy cuenta del bocadillo de chorizo y un par de tragos al sabroso Mencía. Guardé otro chorizo y el resto del vino para un “por si acaso”. Me concentro de nuevo en los ruidos del bosque y de repente escucho un pezuñeo a mi espalda, casi pegado a mí. Espero detrás del árbol, me tranquilizo y razono: “Tengo una pieza a escasos ocho metros, la siento, no le cargo aire, ella no sabe que estoy detrás de este árbol, esperándola que cruce el cortafuegos y me enseñe su flanco”. Los perros no llegan, la pieza se zorrea y no quiere salir; vuelve a pezuñear.

Finalmente, viendo que venía sin perros y que el pinar enterraba el tiro, comprobé el visor que ya estaba al mínimo de aumentos, me giré con el arma encarada y el pulgar en el seguro y ante mí, perfectamente encuadrada en la cruz, a escasos seis metros, tenía plantada la primera corza de mi vida: ¡una corza blanca! Respiré hondo, ella me miraba y yo la encañonaba. No se movía. Pocas veces lo pasé tan mal, fueron unos segundos que me parecieron horas.

Por mi mente corría la razonable duda de mi estabilidad mental. Hacía cinco días había leído cerca de allí la leyenda de la corza blanca y hoy tenía una corza blanca entregándose a la muerte ante mi rifle, parada y… casi podía tocarla.

Imagen de un bello cazadero gallego.

Pensé que el poco vino que había tomado con aquel bocadillo podía estar pasándome factura. Pensé que el estado de preocupación debido a las malas noticias sobre mi salud me estaba nublando el juicio. Empecé a sudar frío, razoné que en esas circunstancias aquel espejismo era, con seguridad, resultado de mi imaginación, que la corza ni era corza ni era blanca y que hasta podía ser un perro o una persona y que mi juicio estaba definitivamente nublado.

Aseguré el arma, la desencaré sin que la fantástica aparición hiciese ni un solo gesto de alarma. El viento pegaba fuerte en mi rostro y me llegaba su olor. Entonces le grité, con un tono burlón porque por dentro me reía de mi propio desvarío. Le dije: “¡Vete a criar!”. Y de dos saltos desapareció de mi vista. Me senté de nuevo en el catrecillo, coloqué el rifle sobre mi regazo, abrí el cerrojo y descargué el arma que, en ese momento, creía no debía estar cargada en manos de una persona que veía corzas blancas inducido por la lectura de una leyenda.

Corzos cazados en Galicia por el autor del relato .

Me relajé y comprobé con alivio cómo a los diez minutos llegaron hasta el rastro de mi visión dos sabuesos. Dije para mis adentros, “algo habría”, y respiré con cierto alivio, pero no del todo. Mi descanso definitivo y hasta mi carcajada llegaron cuando mi amigo Marco Porto, un compañero portugués, buen cazador y mejor persona, dijo por la emisora: “Tenha muito cuidado, nao a tire em uma cabrita branca. Quem quer que a mate, terá má sorte tuda a vida”.

Definitivamente… ¡no fue una ilusión! Fue el más hermoso lance de mi vida. Desde entonces y con ya unos cuantos corzos a mis espaldas, espero volver a ver de nuevo algún día otra “cabrita branca” y sabré, entonces sí sabré, que no es cosa de encantamiento. Haberlas hailas.