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Esperas de "nueva normalidad", bajo la luz de la luna de siempre

Macho de jabalí (Sus scrofa).

Ayer por primera vez tuve la sensación de que el mundo seguía girando como antes, como cuando éramos felices y no lo sabíamos y tuvo que venir una pandemia mundial a recordarnos algo tan simple, tan profundo y tan cierto, como que estamos vivos. Ayer toda mi infancia volvió a martillearme con recuerdos, de aquellos días en los que la religión de casa eran las esperas y en verano, las salidas de cada tarde y la orgánica de los puestos era algo ceremonioso, como un ritual, una rutina inquebrantable de las largas tardes del estío. 

“¿Te apetece venirte de espera?” Eso fue todo lo que hizo falta para que volara escaleras arriba a preparar la mochila, llena de todo aquello que se me antojaba útil, pero sobretodo llena de ilusiones y nervios. Y en lo que se me hizo un abrir y cerrar de ojos, llegamos a la pila de ramas de jara secas, que se amontonaban en círculo haciendo de parapeto. Mi amigo Luis tenía preparadas dos viejas sillas de plástico en las que nos acomodamos en seguida, para compartir una barra de pan, un trozo de queso y chorizo de venado del que hace mi abuela, que se ha granjeado fama propia ya entre los amigos… Y seguramente en el mejor de los restaurantes, no hubiéramos estado tan pletóricos como allí. 

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La luna estaba alta, creciente, salpicando el cielo todavía azul del atardecer. Todo colocado y solo lo imprescindible a mano, cogimos la postura, guardamos el taco y sintonizamos los cinco sentidos a los sonidos del monte. Un movimiento rápido junto a la encina bajo la que se encuentra el maíz, me dispara el corazón en el mismo momento que mi brazo se choca con el de Luis, cuando con la vista fija entre las sombras, ambos extendemos la mano para avisarnos. Una corza aparece recelosa, solitaria y algo mosqueada. El aire revoca de vez en cuando soplando del norte, traidor y delatador, pero por suerte parece que hoy la corriente es sur oeste. 

Un rodar de piedras anticipó la presencia de una cierva, que asomó tímida al comedero sin intención de detenerse. Un corzo fugaz cruzó a penas a unos metros de distancia ya entre dos luces, y cuando el sol ya relamía el horizonte tiñendo de rojo el perfil de las sierras tras las que se ocultaba ya, comenzó a hervir la vida dentro del monte. “¿Lo has oído?” Susurramos prácticamente gesticulando, sin emitir sonido alguno. Una mirla que se levanta espantada, una rama, un par de pasos, una carrera lejana… 

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Cuando el sol muere cada día, el monte queda sumido en una frenética actividad que al esperista le hace repiquetear el corazón en los oídos. Y de pronto, ese gruñido. Hosco, profundo, vibrante, que se repite gutural en lo más oscuro del arroyo amenazador. “No le hemos dado el aire, habría bufado”, nos consolamos. Con los ojos como platos, seguimos intentando afinar el oído: “Viene bajando”. Escuchamos entonces una piara, con el alboroto propio de las jóvenes generaciones adelantando su presencia. La madre, vieja y resabiada, llega casi a nuestros mismos pies siguiendo el rastro de nuestro pasos por el camino. 

Pero quizá el hambre o el viento, sin aromas de peligro, acaban siendo suficiente para que se decida a entrar a comer. Y es entonces, cuando aparece por detrás, cruzando furtivamente y sin pararse. No va solo. Es más, eran dos seguidos. Y comienza el alboroto propio de cuando un macho irrumpe en un comedero, donde se alimenta una hembra con la prole. Carreras, peleas, bultos negros que entran y salen frenéticos del maíz. La sombra de la encina que los cobija, nos tapa la luz de la luna y ampara sus fugitivos movimientos. Habrá que tenerlo muy claro antes de nada...

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Sé que es un gran macho en el momento que vuelve a entrar y frenando en seco, se queda durante unos instantes recortado bajo el baño de plata de la luna y veo sus hechuras. Su cabeza ancha, de morro chato pero grueso, cubierto de un tupido pelo y con las crines sobresaliendo entre las orejas  le delatan. Pero en ese momento, la hembra joven y poco corpulenta tras la que corre, se tira al suelo y se tumba contra el tronco de la encina. Y su perseguidor, comienza a topetazos contra sus cuartos traseros intentando forzarla a levantarse. 

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Es entonces cuando comprendimos que aquella primala estaba en celo, y las carreras, las entradas y salidas, formaban parte del flirteo impetuoso del macho que la persigue. Pero como dice aquella frase de Albert Espinosa, “cuando crees conocer todas las respuestas, llega el Universo y te cambia todas las preguntas”. Fue entender lo que estaba pasando, discernir de entre aquellos bultos negros, que dos eran madres, una de lactantes y otra de primalones, que la tercera y más pequeña de cuerpo era la hembra en celo y que el último en llegar, era al único que esperábamos, como si lo hubiera intuido, el viejo macho obligó a empujones a salir del comedero a su amante y se desvanecieron en la noche. 

No volvieron a entrar por allí, y pasadas las dos de la madrugada, decidimos retirarnos haciendo el menor ruido posible, sintiendo que a pesar de la ceguera del amor, aquel viejo macho había sabido jugar sus cartas y ganarnos la mano. Y lejos de un sentimiento de derrota, la adrenalina martilleaba fuerte nuestros pulsos y nos hizo caminar en silencio, disfrutando del reflejo de la luna en las pedrizas, mientras una sonrisa más propia de la victoria que del fracaso se nos dibujaba en la cara. Porque cazar, no es matar. Y eso solo lo sabe el que de verdad lo siente.