Pasar al contenido principal

Reflexiones en torno a la caza y el fútbol

Hace unos días dio comienzo el Mundial de Fútbol en Sudáfrica, que se alargará hasta mediados de este mes de julio y del que esperemos salga victoriosa nuestra Selección, esa ‘Roja’ que tantas pasiones levanta desde que ganó, con el lema “a por ellos” incluido, la pasada Eurocopa. No serán pocos los cazadores españoles que en estas fechas se encuentren de safari en Sudáfrica y acudan -porque así lo ofertaron las distintas compañías de caza internacional en las pasadas ferias cinegéticas madrileñas- a alguno de los partidos de esta Copa del Mundo.

Por tanto, fútbol y caza hermanados en un país donde muchos compatriotas han dado sus primeros pasos en esto de la venatoria allende nuestras fronteras. Un país, además, que ha sabido aprovechar sus recursos cinegéticos para, de una forma ordenada, convertirse en uno de los destinos de caza más demandados. Safaris de iniciación, pero también otros enfocados al aficionado que ya ha visitado el ‘continente negro’ en otras ocasiones y busca especies singulares, peligrosas kuduo todavía ausentes de su pabellón de trofeos; campamentos donde todo está cuidado al detalle, cual hoteles de postín, para albergar a cazadores y familiares, pero también otros más austeros en los que vivir la aventura africana como lo hicieron aquellos cazadores legendarios entre finales del siglo XIX y mediados del XX.

En definitiva, Sudáfrica, avanzadilla del resto de países del cono sur africano, ha apostado firmemente por la caza como fuente generadora de riqueza, y aunque en los dos últimos años la demanda venatoria se haya contraído fruto de la crisis económica mundial, más tarde o más temprano, su vasta oferta cinegético-turística volverá a marcar diferencias y conducirá a los aficionados a disfrutar de este paraíso natural.

Desoladora me parece la situación en España si la comparamos con éste y otros países donde la caza recibe el trato que merece, un trato de máxima consideración por los grandes beneficios que reporta, entre ellos, medioambientales, sociales, culturales y, cómo no, económicos. Aquí, con la necesidad que tenemos por la forma en que nuestra frágil economía está sufriendo las acometidas de la crisis, en lugar de apoyar algunas actividades o iniciativas que pueden generar ingresos para las maltrechas arcas públicas, hacemos gala de la mayor de las cerrazones y dejamos las cosas como están, sumidas en la inoperancia y en la desidia.

Y si no, que alguien me explique por qué no se pueden cazar las cabras monteses madrileñas, cuando sus poblaciones crecen a un ritmo alarmante y lo único que se hace es capturar ejemplares para soltarlos en otros enclaves. También me gustaría recibir explicaciones de por qué tenemos vetada la caza de lobos en los montes asturianos y en otros escenarios al norte del Duero, prefiriendo pagar por esta tarea a personal de la Administración y abonar los daños que el cánido -ante la escasa eficacia de la medida tomada- sigue provocando en la ganadería de esas zonas.

Tampoco estaría de más que nuestros políticos salieran a explicar la desastrosa coyuntura por la que atraviesan algunos de nuestros más emblemáticos espacios protegidos, en los cuales no sólo no somos bien recibidos los cazadores, sino que además es la guardería la que tiene encargado el control poblacional de unos animales, por lo general, famélicos o enfermos. Son sólo algunos ejemplos de una sinrazón administrativa, con tintes de todo menos de ecologismo real, gracias a la cual se prefiere pagar, con dinero del contribuyente, en lugar de recibir por llevar a cabo estas acciones.

Para terminar, permítanme otra ‘perlita’ achacable a los que rigen nuestros destinos. Después de poner todas las trabas posibles al transporte de fauna autóctona silvestre y de perros de caza dentro de nuestro territorio aduciendo medidas higiénico-sanitarias, hace escasos días nos enteramos de que ha sido autorizada y efectuada la ‘reintroducción’ (sólo hace diez siglos que se extinguieron en España) de siete bisontes europeos en una finca cerrada -¡sólo faltaría!- de San Cebrián de Mudá, en la montaña palentina.

Pues eso, menudo país de incongruencias y que sólo se siente como tal, abandonando su tradicional odio intestino y su cainismo natural, cuando gana la selección de fútbol, deporte que, por otro lado, parece haber sustituido a la religión como “opio del pueblo”.

(*Carta del director publicada en el número de julio de la revista Caza Mayor)