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Mis hijos cazarán... o no

Tengo dos hijos, Felipe y Mario, de casi ocho y casi dos años de edad respectivamente, y numerosas veces, cuando me ven con ellos, algunas personas, afines a este mundo nuestro o en sus antípodas, se interesan acerca de si me gustaría que siguieran mis pasos en esta afición, si los estoy iniciando, a cada uno según su edad, en la caza y sobre cómo lo estoy haciendo.

Ante esto, mis palabras, de haberlas repetido ya en algunas ocasiones, casi me suenan a tópico: “yo les enseño a amar la naturaleza y a conocerla en toda su extensión, y luego ellos decidirán por sí solos si quieren ser cazadores... o no”. No creo que haga falta más, primero porque la vida de mis hijos les corresponde vivirla a ellos y la injerencia excesiva de los progenitores a veces obtiene el efecto contrario al deseado, y segundo porque no creo que exista mejor argumento en favor de lo venatorio que el conocimiento profundo y desprovisto de intoxicación y parcialidad del medio natural donde se lleva a cabo y las múltiples variables que lo rodean.

Felipe durante un rececho al corzo en primavera.

Que me haría ilusión, pongo por caso, cazar en mano o recechar en el futuro junto a los dos (con Felipe ya lo he hecho y las experiencias han resultado muy gratificantes), no lo niego, aunque con una condición: que lo hagan porque les apasione, porque creen en lo que son y en lo que hacen, no por dar satisfacción a su padre, que los va a querer y apoyar igual lleven un arma colgada al hombro por el monte, boten una pelota de baloncesto en una cancha, devoren libros durante su tiempo de ocio... He visto demasiada frustración o contrariedad en otros, incluso en mi padre cuando me decanté por la pesca antes que por la caza, como para esperar más de lo que me corresponde en esta parcela.

No sería igual y sí me decepcionaría que fueran y se comportasen como tantos y tantos en la actualidad, es decir, que les faltase espíritu crítico y visión global de las cosas, sin vicios ni sesgos, que aceptasen todo mansamente sin cuestionarse nada, que fueran incapaces de ponerse en el lugar de los que no piensan como ellos y respetar sus posturas, que eligiesen la senda de la ignorancia y la demagogia en lugar de aquélla basada en el saber y la coherencia, que no se condujesen con mesura, educación y cordura hasta en las situaciones más difíciles...

Vamos, que me dolería que fuesen y actuasen como, por ejemplo, buena parte de los ecologistas de este Siglo XXI y todos los animalistas y anticaza.  

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