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Corzos: pasión u obsesión por los trofeos raros

Corzo de raro trofeo cazado a principios de temporada en tierras leonesas.

A la espera de que sigan reduciéndose los números de fallecidos y de contagios por coronavirus y de que aumente la cifra de personas recuperadas, con medidas que empiezan a aliviar el confinamiento e inician la desescalada, en términos cinegéticos, salvo los controles poblacionales en algunas zonas para reducir daños agrícolas, accidentes de tráfico, etc., seguimos con la caza paralizada o suspendida, lo que me lleva de nuevo a pensar en corzos y traer aquí otro relato de un rececho que tuvo lugar en abril

 

Tras muchos años abriendo la temporada del corzo en tierras leonesas, nunca antes las había contemplado tan secas como aquel 1 de abril. Parecía que la primavera no tuviese intención de hacer acto de presencia por aquellos lares, aunque tampoco el aspecto de éstos guardaba muchos vestigios invernales; más bien daba la impresión de estar pisando el monte entre finales de septiembre y principios de octubre.

Lo verde de otros años no pasaba de amarillento, la humedad y el barro de los caminos en otros arranques había sido sustituido por polvo, los bulliciosos torrentes provenientes de los altos en otros abriles no eran más que hilillos de agua que sólo hacían verdear unos pocos metros de terreno a sus lados y el frío de otras ocasiones se había transformado en algo de fresco únicamente a primera hora de la mañana, dando paso, a medida que entraba el día, a un calor impropio para esas fechas. 

Equipo empleado y corzo abatido.

Como en muchas zonas de España, el otoño había resultado parco en lluvias y el invierno inusualmente suave, con escasas precipitaciones en forma de agua y alguna que otra insustancial nevada.

Así las cosas, sin perder la ilusión pero cariacontecido por el estado del cazadero, saldé mi jornada inaugural con el avistamiento de una única corza dentro del monte y algunos ladridos esporádicos que ni siquiera provoqué

Las cosas no pintaban demasiado bien y por delante sólo tenía el rececho del 2 de abril, así que acudí al coto junto a Miguel, amigo con quien había subido en esta ocasión, y nada más llegar vimos un grupo de animales comandados por una corza correr por el medio de un amplio claro. Hicieron la típica parada antes de internarse en el monte, lo que nos permitió comprobar que, además de cuatro hembras, había también un macho joven con borra

Tras dejar aparcado el todoterreno, Miguel se dirigió a unas piedras desde la que se divisaba un pequeño valle y toda la ladera de enfrente, lugar en el que la tarde anterior viera un macho bonito que, después de haberle hecho la entrada atravesando el valle y subiendo hasta media ladera, se movió a la izquierda y huyó antes de que mi amigo pudiera disparar.

Le deseé suerte y seguí la pista hacia abajo, con intención de asomarme a unos riscos desde los que se divisan unas pequeñas terrazas bajo los mismos, así como los prados de un amplio valle. 

Detalle del singular trofeo.

No tardé mucho en acceder al lugar, y nada más hacerlo, imagino que debido a algún ruido que realicé bajando de unas piedras a otras, algo se movió entre las escobas de la terraza que quedaba debajo y a mi derecha. En un principio pensé en el zorro, pero poco duró esta idea al salir una corza escopetada hacia la izquierda

Rápido me fijé en el sitio del que saltó y observé que entre las matas seguía otro animal, por lo que descendí con sumo cuidado hasta una gran piedra lisa desde la que poder efectuar un disparo tumbado. Durante esta operación el segundo animal ya se había movido y seguía despacio el mismo camino del primero. Le eché un vistazo con los prismáticos y vi que se trataba del macho, aunque por la posición que llevaba en su avance cansino, dándome en todo momento el flanco izquierdo, creí que le faltaba el cuerno de la derecha

No fue hasta que giró la cabeza cuando comprobé que éste era muy curioso, lo que me decidió a tirar tras asegurarme de que no se trataba de un animal joven y que, además, estaba muy delgado.

Tumbado y con el rifle sobre la mochila, a no más de ochenta metros, disparé en cuanto el corzo atravesó una zona donde la vegetación era escasa. Y allí quedó tendido, fulminado por la punta de 150 grains de una bala Sellier&Bellot calibre .30-06, hasta que acudí a él para ratificar que, en efecto, se trataba de un trofeo raro, con el cuerno izquierdo dotado de luchadera y contraluchadera de escasas longitudes y la punta central rota en su extremo, mientras que el derecho, probablemente a causa de una lesión en su fase de crecimiento, a pocos centímetros de la roseta éste se bifurca en dos puntas (una por delante y otra detrás) que tuercen en paralelo su recorrido hacia abajo y a la derecha en un ángulo muy acusado para luego volver a subir hasta su terminación

Otra perspectiva del trofeo.

Sin duda, un trofeo singular, de ésos que gustan u obsesionan tanto a cada vez más corceros y que a mí me ha valido las felicitaciones de muchos amigos, el primero, Miguel, que quedó gratamente sorprendido cuando me vio buscar tras escuchar el tiro.