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Corzos: hay fallos de bulto que preceden a grandes aciertos

El corzo abatido, un maduro animal con un bonito trofeo que ya parece ir a menos.

Ante tanta tragedia y excepcionalidad, confinados en los hogares durante un Estado de Alarma que no deja de prorrogarse, deseo distanciarme siquiera unos breves ratos del coronavirus y COVID-19, de la negligencia y oportunismo en la esfera política, de la irresponsabilidad y sectarismo por no querer reconocer el papel crucial que puede desempeñar la caza durante esta pandemia..., y, al hilo del calendario corcero, recopilar en este blog diferentes relatos de cacerías personales de Capreolus que tuvieron su moraleja y de las que aprendí alguna que otra lección.

 

No era la manera soñada de arrancar la campaña de caza del corzo. Primeros animales en los prismáticos, primer macho en la cruz del visor y primer fallo tras un tiro precipitado... 

Las luces inaugurales de la mañana me habían encontrado en las inmediaciones de unos grandes prados. Un par de hembras por aquí, un machete con borra por allá y ni rastro del bonito trofeo que sabía andaba en ese escenario.

Imagen del bello cazadero leonés donde transcurre el relato de este rececho corcero.

Imagen del bello cazadero leonés donde transcurre el relato de este rececho corcero.

De pronto, más corzas aparecieron de la parte de abajo, y con ellas un macho ‘limpio’ que, gallardo y desafiante, fue a situarse a escasos metros de donde se encontraba el que todavía conservaba el correal, el cual adoptó una actitud sumisa frente al recién llegado. La diferencia de tamaños era evidente, así que apoyé el rifle en el trípode y busqué la silueta del grande en la mira. La visibilidad aún no era la mejor y el trofeo a través del visor me generaba muchas dudas.

“Éste no es el ejemplar que busco, le faltan las contras y las luchaderas las tiene muy pequeñas”, me decía mientras lo miraba y remiraba y no me decidía a apretar el gatillo. 

Al poco todos los animales empezaron a moverse -unos al paso y otros al trote- en busca del monte, hacia la parte alta, y al poco también recordé las palabras de un lugareño al que saludé la tarde anterior, la de mi llegada a tierras leonesas: “en los prados hay un macho muy bonito, pero de vez en cuando asoma por allí un ‘asesino’ y al otro no se le ve el pelo”. Los nervios entonces se apoderaron de mí.

En unos grandes prados, a primera hora, además de corzas, localicé un machete con borra y otro de los llamados “asesinos”.

En unos grandes prados, a primera hora, además de corzas, localicé un machete con borra y otro de los llamados “asesinos”.

Había perdido de vista al corzo que podía haber abatido a placer momentos antes. Un potente ladrido en la linde con lo espeso me avisó de su nueva posición, mucho más lejos y casi metido ya entre helechos y escobas. O disparaba en ese instante o se marchaba, así que tomé la peor de las decisiones -un tiro precipitado y no muy bien apoyado- y recibí a cambio un buen número de ladridos del asustado animal mientras escapaba indemne y todo el peso de la decepción por un comienzo de curso torpe, inseguro y fallón.

Siempre he sido muy autocrítico, y en esto de la caza más si cabe, por lo que en la siguiente hora de rececho, mientras transitaba algunos de los bellos enclaves del coto en esa mañana de primeros de abril y localizaba animales faltos de interés por ser hembras o machos inmaduros, no paré de rumiar el lance anterior y de recriminarme la poca rapidez mental y la escasa habilidad cinegética mostradas.

Vista del curso de agua en el fondo de la garganta.

Vista del curso de agua en el fondo de la garganta.

Menos mal que al internarme en un angosto desfiladero, caminando junto a un brioso torrente de montaña, en una de las barridas con los prismáticos a la ladera de la izquierda, la figura de un nuevo macho descorreado disipó mis pesares y me puso alerta.

Dos temporadas atrás, no muy distante del lugar en el que estaba, descubrí un joven corzo que había bajado a comer los tiernos y jugosos brotes próximos al curso de agua. “Quizá sea el mismo”, pensé por un momento.

Pero quizá o no quizá, lo cierto es que el ejemplar iba triscando aquí y allá, sin parar, cruzando de izquierda a derecha y en dirección a un corro de brezos y escobas bastante espeso en el que lo perdería de vista.

Equipo en el lugar del tiro, apreciándose en el rifle y en el visor el molesto efecto del sol.

Equipo en el lugar del tiro, apreciándose en el rifle y en el visor el molesto efecto del sol.

Por mi parte, seguía encajonado en el fondo del barranco, lo que impedía un tiro de garantías, aunque por encima tenía unos monumentales peñascos a los que me podía encaramar sin problema y sobre los que haría un mejor disparo. Máxima diligencia en la escalada porque el corzo no se concedía ni una parada, y en breve ya estaba tumbado sobre la fría piedra, con el rifle sobre el macuto intentando meter al macho en la retícula del visor.

He de señalar que tuve algún problemilla que otro con el sol, que me llegaba de frente, y con la insuficiente altura que me proporcionaba el morral, pero ambos asuntos fueron resueltos en buena medida, así que antes de que el macho llegara a lo sucio, ya tenía alojada la punta de la bala en el codillo y rodaba ladera abajo.

El macho abatido, en el escenario del lance.

Se trataba de un macho maduro, con un cuerpo muy voluminoso y un trofeo bastante aparente.

Recuperado de la emoción, recogí con tranquilidad todas las cosas, algunas de las cuales no había subido a las piedras, y procedí a acercarme al animal, el cual yacía en un suelo de tierra oscura salpicado de piedras y pequeñas urces.

Los cuernos eran recios hasta el nacimiento de unas largas luchaderas, con unas rosetas desprendidas y en forma de tejado y un perlado más que aceptable. Una pena la casi inexistente garceta del cuerno derecho y la escasa longitud de la del izquierdo, tal vez producto de que el macho, en cuanto al trofeo, estaba iniciando su regresión.

Bodegón con el corzo cobrado junto al equipo, en la parte baja del barranco, cerca del agua.

Bodegón con el corzo cobrado junto al equipo, en la parte baja del barranco, cerca del agua.

En cualquier caso, un vibrante lance fruto del cual obtuve un animal maduro de bonita cuerna, con el cual, además, me redimí de los pecados cometidos a primera hora de esa misma mañana.